Entrevista a Francisco Mora : neuroeducación

DSC_0194 Francisco Mora es Catedrático de Fisiología Humana por la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Medicina por la Universidad de Granada, y doctor en Neurociencias por la Universidad de Oxford, asimismo desarrolla su trabajo actual entre la Universidad de Iowa y España.

Uno de los autores más interesantes de las neurociencias a nivel mundial, y especialmente en ese cruce apasionante que llamamos neuroeducación. Autor de una obra prolífica, algunos de ellos son: “Neurocultura”, Alianza Editorial, 2007, “Cómo funciona el cerebro”, Alianza Editorial, 2009, “El bosque de los pensamientos”, Alianza Editorial, 2009, “El dios de cada uno: por qué la neurociencia niega la existencia de un dios universal”, Alianza Editorial, 2011; o su último libro, “Neuroeducación. Sólo se puede aprender  aquello que se ama”, Alianza Editorial, 2013.

1. ¿Cómo sintetizaría en tres claves la educación del s. XXI?

La educación en nuestro siglo ya lleva una dirección que viene trazada por la Ciencia y en particular por la Ciencia del Cerebro, alejándola poco a poco de opiniones e ideologías. Todo esto se puede reducir a una clave. Aquella con la que, utilizando el método científico, abrirá los códigos que encierran el funcionamiento del cerebro.

Esto nos debiera llevar a un nuevo concepto de la educación. Un nuevo mundo de conocimientos e instrumentos con los que mejorar la enseñanza de los profesores y el aprendizaje en los alumnos. Pero sobre todo a una nueva educación que cambie al ser humano.

Y más allá, y aunque parezca idealista, yo me atrevo a predecir que esta nueva educación llevará a desterrar lentamente el pensamiento mágico y a potenciar el pensamiento analítico y crítico y desde luego el creativo. Todo esto acontecerá de un modo lento pero  también, inexorable.

2. ¿Cuáles son las tres aportaciones imprescindibles de las neurociencias, que todo docente debe saber para su trabajo de aula? ¿Podría ponernos algún ejemplo?

La aportación fundamental de la Neurociencia reside en hacer ver a todos los docentes que la puerta de entrada al conocimiento es la emoción.

Y que es con la emoción como despierta  la curiosidad de la que se sigue la apertura automática de las ventanas de la atención, lo que pone en marcha los mecanismos neuronales del aprendizaje y la memoria.

De esto se sigue que en el aula y en cada clase de todos los días, se debe comenzar haciendo despertar la curiosidad del alumno con algo tal vez ajeno a la propia clase. Algo, sea una pintura, una pequeña pieza de música o de literatura, un objeto extraño, un evento sucedido en el día o la propia palabra del docente que emocione y que en el contexto de la temática de la clase arranque los motores del aprendizaje.

Hay profesores de enseñanza media que ya han puesto en marcha estas ideas. Por ejemplo, han encontrado que sus alumnos muestran un gran interés cuando, cada día, antes de comenzar la materia de la clase y  durante algunos minutos, se les muestra en imágenes lo que hará el cerebro de ellos mismos cuando sigan con atención la temática de esa misma clase. Esto ya se está haciendo. Y al parecer funciona.

3. En esa nueva figura que usted tanto ha explicado: el neuroeducador, ¿qué funciones y ayuda puede aportar en un sistema educativo del s. XXI?

El neuroeducador, en cada colegio, sería una figura capaz, de evaluar críticamente los nuevos conocimientos que aporta la Neurociencia, de modo tan acelerado y cambiante, sobre la enseñanza y transmitirlo a los maestros y los profesores. Hay muchos falsos conocimientos, mucho neuromito que hay que rechazar.

El lenguaje neurocientífico es un lenguaje, como todo lenguaje científico y técnico, difícil de asimilar por los no iniciados. De ahí la necesidad de un traductor entre la neurociencia y el profesor que trabaja directamente en el aula. Todo profesor tiene ya que saber como funciona el cerebro, sede última de lo que se aprende y memoriza.

Y conocer qué mecanismos cerebrales son los que, al ponerse en marcha, llevan a un mejor aprendizaje y memoria de los alumnos. Y aunque estemos en esta temática en el principio de la historia y desconozcamos infinitamente más de lo que conocemos, es ya el momento de tomarse en serio el papel del cerebro en la enseñanza. Y en esto el neuroeducador representaría un papel fundamental.

4. ¿Podría señalar y explicar tres neuromitos que estén extendidos en la cultura popular?

Hay muchos, más de cincuenta. Permítame que le indique solo uno. Y es aquel que dice, y se sigue propagando constantemente por los medios de comunicación (aun a pesar del desmentido también constante  de los neurocientíficos), que solo se utiliza el 10% del cerebro.  Es mentira. Sería largo explicarle en que se fundamenta lo que digo. Pero créame, el cerebro es “uno” en su funcionamiento y utiliza para cada función específica todos los recursos de los que dispone. Todo ello no quiere decir, permítame el eufemismo, que haya gente en la que tal neuromito no se convierta en verdad.

5. En esa nueva complejidad cognitiva/emocional que las neurociencias van desvelando, junto a otras disciplinas, recuerdo una afirmación suya: “la emoción es la energía que mueve el mundo”, ¿cómo están entrelazadas las emociones en nuestro pensamiento y acción?

La emoción es central en el procesamiento de todo lo que se ve, se toca, o se oye. Es consustancial a estar vivo en el mundo pues el mundo sensorial solo cobra significado cuando el cerebro emocional lo colorea de bueno o de malo.

Y así las palabras, las decisiones, la razón, el conocimiento y hasta los movimientos que realizamos. Todo está bajo el control de los códigos que velan por la supervivencia. Y ese control es inconsciente.

Y en ello se incluye por supuesto lo que se aprende y memoriza. Aprender es tan básico y consustancial a esa supervivencia como lo es la comida o la bebida. Y la memoria igual. Todo el mundo sabe, por propia experiencia, que lo que mejor se recuerda es aquello que tiene un fuerte contenido emocional.

Y hoy sabemos que los abstractos, las ideas que hiladas conforman el pensamiento humano, ya tienen significado emocional, Sí, definitivamente, la emoción es la energía que mueve el mundo.

6. ¿Cuáles serían las novedades que las neurociencias están descubriéndonos sobre ese fenómeno tan  escaso y demandado hoy en la sociedad de la información: la atención?

La atención es central a la percepción del mundo y del pensamiento. Nada se puede  aprender, de modo consciente, sin el proceso atencional. Con la atención se conforma el proceso neuronal consciente que atrapa lo que se percibe. Y es con lo que se aprende y clasifica que asoman las diferencias de las cosas y eventos del mundo y eso es conocimiento.

La atención no es un proceso unitario. El cerebro pone en marcha redes neuronales diferentes para atender a fenómenos diferentes. Hay una atención básica que es diferente a aquellas otras que conocemos como fija, orientativa, ejecutiva (que es la del estudio), virtual o creativa y digital (Internet). Su conocimiento, particularmente la del estudio, puede ayudar mucho a estudiantes y profesores en distinguir por ejemplo los diferentes tiempos atencionales que se requieren para diferentes materias de estudio.

7. Desde su perspectiva neurocientífica y ahondando en un debate tan polarizado, ¿qué ventajas puede tener en el desarrollo de un alumno el uso de la web? ¿Tenemos evidencia, desde la investigación actual, de incovenientes en ese uso?

Ventajas muchas. Es una herramienta muy útil que provee de información rápida. Y digo herramienta porque no hay que olvidar que eso es lo que es Internet. Internet no puede sustituir a la enseñanza en el colegio aunque haya programas muy buenos y muy útiles en la red que pueden alcanzar con sus enseñanzas  a muchos rincones aislados del mundo.

El maestro “real”, la humanidad “real” y no cibernética de quien enseña, sigue y seguirá siendo absolutamente insustituible y fundamental. Pero todavía es muy temprano para evaluar los inconvenientes de Internet, aparte los casos de adicción que se multiplican en el mundo. Sí parece que internet esta desarrollando un tipo de foco atencional que difiere de la atención ejecutiva que es la que se requiere para el estudio y que va en detrimento de este último.

8. Desde un punto de vista filosófico, la modernidad cartesiana con su dualismo radical (mente, res cogitans/cuerpo, res extensa) está superada como paradigma explicativo, ¿qué características podría ir configurando esta nueva etapa desde su perspectiva neurocientífica?

Como Ud. comenta el dualismo está superado y sin duda que en esto ha contribuido poderosamente la Neurociencia Cognitiva y desee luego el conocimiento actual de la propia evolución humana. Sin embargo, es verdad que nadie puede negar la existencia de un alma espiritual humana como tampoco nadie podría  negar que no exista una tacita de té, poniente el ejemplo de Bertrand Russell, dándole vueltas a la tierra,  sobre todo además si la tacita es invisible a cualquier observación humana.

Pero la ciencia claramente te lleva a lo estéril de tal propuesta y a la falta de necesidad de esa pregunta para la Ciencia. Hoy es claro, ya alejados de las brumas del pensamiento mágico, que el ser humano es producto del proceso azaroso que es la evolución y coherente con la continuidad de la existencia biológica de todo lo vivo sobre la tierra. No hay ninguna intervención sobrenatural en el caso del hombre, eso es hoy tan claro como claro lo es para los teólogos más avanzados.

9. ¿Estamos ya en una “cultura neuro? ¿Qué implicaciones más inmediatas está teniendo y tendrá en un futuro próximo?

Permítame que le conteste a esta pregunta con una respuesta poco académica  y más coloquial y de tertulia. Lo “neuro” se ha sacado “de tiesto”. Todo comenzó con la “Neuro-filosofía” de Churchland. Era innovadora y tenía un claro sentido el bautizo “neuro”.

Lo que ella quería expresar fundamentalmente era lanzar una “mirada fresca” a entender mejor el problema cerebro-mente, o si se quiere cuerpo-espíritu, desde los conocimientos de la Neurociencia y hacer “nueva” esa visión.

Es decir, señalar que la Filosofía, al menos en este problema, se volvería muy pronto estéril si a partir de “ya” no se tuvieran en cuenta los conocimientos que se tienen acerca de qué es y cómo funciona el cerebro. Podría haber generalizado el título y haberle puesto al libro  “Cerebro y Filosofía” pero no lo hizo. Y el término “neuro”, como si fuera un meme, ganó fortuna.

Desde entonces, con la fuerza de ese arranque original, nacieron con igual fundamento, la Neuroética, Neuroeconomía, Neuroestética, Neurocultura, Neuroarquitectura, Neuroeducación y todas con ese sentido de arrancar “una nueva mirada”, un antes y un después, al pensamiento sobre el hombre y su mundo. Pero como todo, nació la ola y tantos y tantos han hecho surf en ella. Ahora, sin fundamento alguno, se le pone “neuro” a casi todo, queriendo con ello llamar la atención hacia “lo nuevo y rompedor” y desfigurando con ello y su fundamento el sentido original de lo “neuro”.

10. ¿Cómo resumiría las lecciones que las neurociencias pueden darnos sobre qué significa aprender en nuestra sociedad de la información en el s. XXI?

Significa anclar definitivamente el proceso de aprendizaje y enseñanza a unas bases sólidas y definitivas alejadas de opiniones, ideologías o alumbramiento de métodos individuales. Esto tendrá un desarrollo y unos alcances todavía no predecibles.

Nos damos cuenta ahora que aprender y memorizar no es simplemente almacenar algo útil, sino cambiar el cableado del cerebro de los individuos en su física y en su química y trenzar con ello sus futuros.

Que cada etapa del desarrollo humano hasta su muerte y en su individualidad, necesitará de procesos de aprendizaje diferentes acorde a  los códigos cerebrales puestos en marcha en cada etapa de ese arco vital humano y alejados de los miedos que instrumentan nuestras sociedades actuales.

Y en todo ello contará el papel de las paredes entre las que se enseña, sus colores, la temperatura, la luz, la orientación y los sonidos. Contarán los espacios, sean estos a ras de tierra y abiertos o arriba anclados a un kilómetro de altura por encima de las nubes. De modo que habrá un cambio profundo en la educación.

Algo sin embargo vaticino que no cambiará. Por muchos medios electrónicos y digitales que haya, incluso asumiendo que viviremos con robots y ordenadores que podrán crear, junto con la visión y el sonido, un mundo artificial de “emociones humanas” “olores” y “tacto” y que nos reconocerán al llegar al trabajo y en casa y hablaremos con ellos y nos facilitarán enormemente a todos el aprender y memorizar bien, seguiremos necesitando la interacción “caliente” del maestro con los alumnos y entre ellos. ¡Eso es imprescindiblemente “humano” y eso no cambiará…! ¡No dejará de ser humano!

 

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Frankestein : el origen de la neuroética

Por : Adela Cortina

En 2002 nace un nuevo saber, la Neuroética, en un congreso organizado por la Dana Foundation, interesada por las neurociencias. El congreso se celebra en San Francisco, con la asistencia de un buen número de especialistas, dispuestos a presentar en sociedad a la recién nacida, que tendrá por delante una apasionante tarea: no solo se ocupará de evaluar éticamente las investigaciones y las aplicaciones en neurociencias, sino también de tratar problemas fundamentales de la vida humana en los que está implicado el cerebro, como la libertad, la conciencia, el yo, la relación mente-cuerpo o las bases cerebrales de la moral.

Desde el congreso fundacional han aumentado exponencialmente las instituciones y publicaciones dedicadas al tema, llegando en ocasiones a la convicción de que la Neuroética es al siglo XXI lo que la Genética fue al XX, el gran reto que las ciencias plantean a la ética, ahora gracias al avance de las neurociencias.

El abanico de aplicaciones que abre el nuevo saber es inmenso, pero de entre ellas una se ha convertido en el asunto estrella: el enhancement, la posible mejora de las capacidades humanas interviniendo en el cerebro, el perfeccionamiento de facultades normales, y no solo la curación de patologías. La perfectibilidad del hombre, el gran reto del siglo XXI, las virtualidades y los límites de conseguir hombres y mujeres mejores interviniendo en el cerebro.

¿No desearía usted que le insertaran un chip para hablar inglés sin necesidad de academias? ¿No querría recuperar aquella fabulosa memoria de la juventud? Si la nueva Genética preparaba el Mundo feliz que diseñó Aldous Huxley, las neurociencias permitirían encarnar por fin el sueño del doctor Frankenstein.

Porque según cuenta uno de los fundadores de la Neuroética, William Safire, el nuevo saber nació en realidad en 1816 con el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Lugar? Villa Diodati, en los alrededores de Ginebra. Allí se han reunido Lord Byron, Shelley, Polidori y Mary, que más tarde llevaría el nombre de Mary Shelley. El mal tiempo les obliga a permanecer en la villa y deciden hacer la apuesta de escribir cada uno un relato de terror. Al finalizar la estancia solo Mary ha sido capaz de terminar ese relato Frankenstein: el Prometeo moderno, con el que, al parecer, y sin ella saberlo, nació la Neuroética.

Claro que contar de este modo la prehistoria del nuevo saber puede parecer disuasorio, que es un intento de prevenir contra las posibles consecuencias nefastas de la tarea prometeica de intentar crear hombres más perfectos, porque puede llevar a producir monstruos.

Como ella misma confiesa, Mary había leído los trabajos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, sobre la creación de la vida artificial, y los toma como base para su obra. Por eso, aunque empieza escribiendo una historia de terror, va pasando poco a poco a contar un relato sobre la perfectibilidad del hombre y acaba descubriendo que el presunto hombre más perfecto no es más que un monstruo.

Se trataría a fin de cuentas de una novela educativa más, con una moraleja que convendría recordar en el siglo XXI, cuando las técnicas de neuroimagen permiten conocer más a fondo el cerebro y se hacen posibles intervenciones de mejora. Agitar el espantajo del monstruo de Frankenstein sería la forma de prevenir frente a esta nueva tarea prometeica.

Pero no es este el mensaje que encontrará en la novela de Shelley quien no solo lea el comienzo, sino que llegue hasta el final. Sin duda la criatura de Frankenstein es un hombre distinto de los conocidos, más perfecto en algunas de sus capacidades, pero, precisamente por eso, no puede encontrar a ningún semejante, nadie puede reconocerle como un igual en humanidad. Y el hilo conductor de la novela es la búsqueda desesperada de un igual en quien poder reconocerse, a quien poder estimar y de quien recibir estima. Al final del relato el monstruo maldice a su creador por haberle creado con un gran anhelo de felicidad y sin los medios para satisfacerlo: le ha dado grandes capacidades, pero no la posibilidad de encontrar a un igual con el que compartir vida y destino, no hay derecho a crear a un ser sin ofrecerle a la vez los medios para ser feliz.

Ese era en realidad el mensaje de Mary Shelley: que los miembros y los órganos de un ser humano, incluido el cerebro, pueden ser muy perfectos, pluscuamperfectos, pero nada garantiza que su vida sea una vida buena si no puede contar con otros entre los que saberse reconocido y estimado.

“El ángel rebelde -dirá el monstruo de Frankenstein- se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación, con amigos y compañeros. Yo estoy solo”.

Tal vez este debiera ser el mensaje de una Neuroética pensada en serio, prometedora en tan gran cantidad de posibilidades, cuidadosa de esa dimensión del reconocimiento mutuo sin la que la felicidad flaquea. Tal vez sea ese el modo de superar el fracaso de Frankenstein en un proyecto de vida, no tanto más perfeccionada, como buena.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Su última obra es Justicia cordial.

Fuente:http://elpais.com/diario/2010/10/17/opinion/1287266405_850215.html

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La Dra Adela Cortina participa del ciclo “Neurociencia para psicólogos” (ver programa).-

 

 

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¿Qué neuro-revolución? el público piensa que la neurociencia es irrelevante

Por : Cristian Jarret

Me parece que el interés en el cerebro se ha disparado, visto las enormes inversiones en neurociencia hechas por USA y Europa (BRAIN y HUMAN BRAIN PROJECT),  el aumento de noticias relacionadas con temas de neurociencia y, sobre todo, me he dado cuenta de que periodistas y bloggers a menudo encuadran sus historias como si se tratara del cerebro opuesto a la persona.

Veamos estos titulares recientes: ““¿Por qué tu cerebro adora las buenas narraciones?”(Harvard Business Review); “Como Netflix está cambiando nuestros cerebros y por qué esto puede que no sea bueno”(Forbes); y¿Por qué tu cerebro quiere ayudar a un niño necesitado pero no a millones?”  (NPR). Hay cientos más, y en cada caso, el titular podría ser acerca de “tí” pero el que escribe elige que sea acerca de “tu cerebro”.

Tomemos también en cuenta nuevos campos de trabajo como el neuroliderazgo, la neuroestética y la neurociencia forense. Solo era una cuestión de tiempo antes de que alguien anunciara que estábamos en mitad de una neuro-revolución y en 2009, fué Zach Lynch quien lo hizo, publicando su The Neuro Revolution : How Brain Science is Changing our World.-

Habiendo dicho todo esto, soy consciente de que mi propia perspectiva está fuertemente sesgada. Me gano la vida escribiendo sobre neurociencia y psicología. Estoy al día en este tema, pero puede que las inversiones en investigación y los titulares obsesionados con el cerebro sean absolutamente intrascendentes para el gran público. Recientemente ahondé en estas cuestiones y me sorprendió lo que encontré.

No hay mucha investigación al respecto, pero la que existe (como ésta, sobre el cerebro adolescente) sugiere que la neurociencia aún no ha impactado en el día a día de la gente. De hecho he incluido como mito #20, en mi nuevo libro Great Myths of the Brain el siguiente : “La neurociencia está transformando el autoconocimiento de la humanidad”

Y ahora, hay todavía más evidencia de que la neuro-revolución está en suspenso. Cliodhna O´Connor y Helen Joffe de UCL en Londres han publicado los resultados de 48 entrevistas y su principal hallazgo es que la gente siente que la neurociencia es irrelevante para ellos. Las investigadores armaron la muestra en base a diferencias sociales, tanto en edad como en género. La mitad leía periódicos tradicionales y la otra mitad tabloides. Ninguna tenía formación formal en neurociencia o psicología. Los participantes fueron entrevistados durante una hora y media acerca de qué ideas se les ocurría cuando pensaban en temas de investigación sobre el cerebro.

O´Connor y Joffe observaron que una característica de las entrevistas fue el desconcierto y malestar de los participantes sobre el tema. La gente decía que la ciencia del cerebro es interesante, pero el 71% pensaba que no era relevante en sus vidas. La mayoría decía no haber encontrado información sobre neurociencia en los medios. Simplemente, para ellos la investigación sobre el cerebro era vista como una rama de la ciencia, que era parte de un mundo remoto; “Me hace pensar en la típica imagen de un hombre raro con guardapolvo blanco” dijo una mujer.  Un hombre comentó ” Me imagino un mono o un perro con la cabeza llena de electrodos”.

A pesar de que la mayoría de los participantes consideraba a la neurociencia como algo sin importancia, la excepción a la regla fue su propia experiencia en enfermedades neurológicas o psiquiátricas o su miedo a sufrirlas. En este caso, el cerebro era una fuente de ansiedad, un órgano ignorado que salía a la luz cuando algo iba mal.

Para esta gente, la neurociencia era vista como una rama de la medicina. De hecho usaban términos como “neurociencia” y “neurocirugía” o “neurocientífico” y “neurólogo” en forma indistinta. Estaban especialmente preocupados por la demencia, el cáncer cerebral y el ACV.

Para aquellos participantes que habían sufrido enfermedades mentales, la neurociencia aparecía como si hubiera legitimado sus problemas, sostenido en la creencia de que la enfermedad mental es solo un balance neuroquímico. (Mito#41 de mi libro).

“Me deprimía severamente. Pero, por supuesto, como no conocía que la razón era puramente química, lo tomé como que así eran mi vida y mis sentimientos reales” , dijo un hombre lector habitual de periódicos.

En sus conclusiones, O´Connor y Joffe dicen : ” Parece que a pesar de la preeminencia de la neurociencia dentro de las instituciones publicas como los medios de comunicación, la investigación aún no ha  alcanzado a impactar en el repertorio conceptual del ciudadano promedio”. Y agregan “El conocimiento neurocientífico, simplemente no cumple ninguna función psico social de importancia

Una teoría por la que explican este desapego es que la gente prefiere no pensar en como trabaja su cerebro. Para  apoyarla, se basan en algunas afirmaciones de los participantes, acerca de que no les agradaba pensar en lo que pasa dentro de su cráneo. “La gente se resiste a contemplar lo que pasa en su cuerpo” escriben O´Connor y Joffe. ” Como resultado, el conocimiento neurocientífico queda apartado de su vida diaria”. “Una neuro-sociedad es más una fantasía teórica que una realidad”.

Por supuesto, este nuevo estudio viene con una advertencia- era una muestra pequeña tomada en una cultura particular -. Sería interesante ver que pasa si se replica en otras ciudades. Si lo hacen y los resultados son los mismos, me preguntaría por qué los periodistas son entonces tan afectos a envolver sus artículos en cuestiones cerebrales y por qué los vendedores están usando el cerebro como una marca tanto en neuromarketing como en neuroliderazgo. ¿Acaso se están equivocando?

 

Fuente: http://www.wired.com/2014/11/neuro-revolution-public-find-brain-science-irrelevant-anxiety-provoking/

Traducción : Raquel Ferrari

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A la pregunta de Jarret ¿Se están equivocando?, la respuesta es- en mi opinón- que no, no se están equivocando. Creemos que  se trata de dos cuestiones diferentes. Por una parte, hay un evidente abuso, una frivolización del tema, pero también es cierto que las investigaciones científicas puras siguen estando alejadas del día a día de las personas. Y está bien que así sea.

No se están equivocando, están siguiendo una tendencia y aprovechando un filón informativo que suponen más rentable, pero ya pasará. Clásicamente se ha discutido si los medios construyen opinión pública o si la reflejan. En este tema, es posible que esten construyendo opinión, por lo que es lógico que el gran público no termine aún de aceptar masivamente estos temas.

Quizás se trate de no confudir la divulgación como producto de consumo, que supone acercar al lector en un lenguaje accesible información relativa al funcionamiento del cerebro, con la tendencia al reduccionismo biológico como forma de legitimar contenidos en temas como el management o el marketing.

Como consecuencia del abuso de términos como “evidencia” y el desprestigio de conceptos tales como  “subjetividad”, “mente” , “sociedad”, “historia”, “conflicto” hemos caído en la simplificación burda de los aportes innegables que el estudio del cerebro está produciendo en la medicina y la psicología, pero también en las ciencias sociales.

Ya no dan el pego los artículos  estilo “Le Monde Diplomatique”. No se venden libros sobre cuestiones sociales o filosofía. Todo debe ser de rápido entendimiento : me deprimí porque voy escasa de serotonina, la gente vota de derechas cuando su amígdala dispara la señal de miedo, mató al gato porque su corteza pre frontal estaba dañada.

Y de allí a creer que “es más serio” hacer referencia a  la “gratificación”, la “memoria episódica” o  la “corteza pre-frontal” y que esto será más aceptado, hay solo un paso. La investigación que comenta Jarret llega a una conclusión obvia: la vida de la gente no ha cambiado porque ahora escuchen hablar más sobre sus cerebros. Y no cambiará, como no ha cambiado por saber que existe la vacuna contra la poliomielitis o que el cáncer ya no mata tan a menudo.

Las representaciones sociales de los grandes temas que mueven a los grupos están hechas de palabras que agrupan prejuicios, información fragmentada, miedos y expectativas y no de evidencias acerca del funcionamiento de neurotransmisores y conexiones neuronales.

Y eso es válido también para la narrativa acerca de nuestra propia historia y de las razones de los que nos pasa. Por eso no pasa ni pasará el que nadie sienta que está inmerso en una epifanía colectiva por leer un artículo sobre Netflix o porque le expliquen como elige su cerebro en las góndolas del supermercado.

No se trata, como dicen las autoras,  de que la gente tema saber que pasa dentro de su cabeza, simplemente no necesita saberlo, como no necesita conocer las leyes de la física que explican que tenga agua corriente en su baño o las de la mecánica que actúan cuando enciende su automóvil cada mañana. Pero, sobre todo en las ciencias sociales, existe un complejo de patito feo que impulsa a adoptar un lenguaje “neuro”.

La neurociencia es un área de estudio de máximo interés, que seguramente aportará cambios fundamentales en la prevención primaria, secundaria y terciaria de enfermedades psiquiátricas y neurológicas en las próximas décadas.  Suponer que  este conocimiento eliminará la importancia de lo social, lo cultural o los procesos mentales o afectivos es reducir la importancia de estos temas en un intento de biologización destinado al fracaso.

Raquel Ferrari

 

 

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¿Para qué sirven las Neurociencias?

¿Para qué sirven las Neurociencias?.

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Francisco Mora: ¿Está nuestro cerebro diseñado para la felicidad?

Acabo de publicar un libro sobre la felicidad que es la contestación a esa pregunta. Y la respuesta, desafiante y apretada, es que no. Nuestro cerebro, producto de muchos cientos de millones de años de evolución biológica y construido a golpes de azar y determinantes ambientales, solo contiene un diseño máximo y es aquel de la supervivencia.

Puede doler admitirlo pero es lo que hay. La ley suprema del funcionamiento del cerebro es el de mantenernos vivos. Y eso, en su esencia, implica lucha, dolor, desazón y sufrimiento. Y esa realidad golpea inmisericorde, y de modo constante, la vida humana.

El diseño del funcionamiento del cerebro lo deja bastante claro. Toda interacción con el mundo, toda lucha por la consecución de algo conlleva placer o dolor y eso nos aleja de la felicidad. Y eso se debe a que todo cuanto vemos, tocamos, oímos u olemos o gustamos es filtrado, antes de alcanzar la conciencia y la construcción del pensamiento, por nuestro cerebro emocional, en donde a esa información sensorial se le da la impronta de bueno o malo, de placentero o doloroso. Y ese marchamo es el centro y el origen de la infelicidad y el sufrimiento.

La felicidad no es más que una idea sin más existencia que la que puede tener un sueño. Una idea, sin embargo, que impregna toda la conducta humana desde los tiempos del pensamiento mágico y lo sobrenatural, hasta ahora mismo que estamos entrando más de lleno en el pensamiento llamado crítico.

Una idea si se quiere, eso es cierto, universal, como bien pudiera pensarse que es la idea de Dios pues ambas vienen impregnadas de profundas emociones y sentimientos. Pero frente a la idea de Dios, que no es verdaderamente universal, sí lo es en cambio la idea de felicidad. A la felicidad aspira todo el mundo, independientemente de raza, cultura, pensamiento, sociedad o lugar escondido del planeta. Todo el mundo, sin excepción alguna aspira, de un modo u otro, a huir del sufrimiento y abrazar la felicidad y construir su vida alrededor de esa idea. No es así para la idea de Dios en donde dos tercios de la humanidad, buscando y aspirando a ser verdadera y humanamente feliz, no aspira, ni tiene ninguna necesidad de un Dios que casi siempre instrumenta alguien o muchos para su propio beneficio.

La felicidad es posiblemente la única idea, la única palabra, verdaderamente universal.

Cualquiera entendería que la felicidad, entendida como esa aspiración de los budistas, en donde al final se extingue todo sufrimiento y dolor ante el mundo no es humano, pues ni aun el mismo Buda debió alcanzarla completamente dado que algo de frustración debió quedar enterrada en los entresijos profundos de su cerebro cuando para lograr su propia felicidad abandonó a su propio hijo.

. La felicidad de este modo, la felicidad humana, queda reducida a “momentos”, a “parpadeos” de felicidad. A un vuelo fugaz como aquellos que a veces se experimentan si te encuentras con casi todas las necesidades satisfechas, lejos del dolor, el miedo, las angustias y ambiciones y aún lejos de tu propio yo (centro de toda infelicidad) que por segundos puede quedar diluido en el entorno. Esos segundos sí serían segundos de felicidad. Segundos como aquellos que señaló Miguel Delibes cuando dijo que “la felicidad no existe y a lo mucho que se llega, a lo largo de la vida, es a briznas de dicha que se deshacen como las pompas de jabón”.

La vida humana es pues, y de modo nuclear, lucha, actividad, curiosidad, un hacer constante el mundo, lo que implica infelicidad. La infelicidad, así entendida, es intrínseca a la vida humana. La felicidad, por el contrario no lo es. Y es curioso el que la verdadera idea de felicidad, su consecución, reside precisamente en el sufrimiento. El sufrimiento se convierte así en un motor, una catapulta, una energía que nos mueve para intentar alcanzar algún parpadeo de felicidad.  Una aspiración a la que debe aplicarse una regla de oro que es aquella de no pretender conseguir nunca felicidad, si esta es a costa de la felicidad de los demás. Y una paradoja añadida. Esos parpadeos de felicidad que llega a disfrutar el hombre de hoy, y no un galeote en otros tiempos, se deben precisamente al esfuerzo de hombres infelices, inquietos, con desazón y lucha constante por cambiar el mundo.

“Dijo Umberto Eco una vez que “aquellos que aspiran a ser felices de modo constante (aquí o en otro mundo) son unos cretinos”.

Y esto nos lleva a que si queremos ser “humanamente felices” hay que desengancharse de ese imposible que es la felicidad permanente. Y aun todavía más alejarse de ese otro imposible religioso de encontrar la felicidad más allá de nuestro mundo vivo, telúrico.

La verdadera felicidad humana, esos parpadeos de felicidad “humanos”, solo son posibles aquí y ahora en este mundo y aun en briega constante con el mismo sufrimiento pues “la vida vale la pena vivirla incluso cuando todo lo malo nos llega a manos llenas y lo bueno es tan poco y escaso que no compensa” (Thomas Nagel). De esto último fue ejemplo vivo otro filósofo Ludwig Wittgenstein quien siendo un ser irascible y melancólico casi toda su vida y en su lecho de muerte, solo y ante su casera, dijo algo así como “Dígales que ha sido maravilloso”.

Fuente: http://www.huffingtonpost.es/francisco-mora/cerebro-felicidad_b_1564545.html

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Hipocampo & memoria : investigan un nuevo modelo

El director del departamento de Neuroimagen de la Fundación Centro de Investigación en Enfermedades Neurológicas -Fundación CIEN- y director del Laboratorio de Neurociencia Clínica del Centro de Tecnología Biomédica de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), Bryan Strange, lidera un trabajo que describe un nuevo modelo para explicar la función de hipocampo.

El hipocampo es una estructura del lóbulo temporal medial involucrado directamente en la memoria episódica y la navegación espacial. Su forma larga se estructura en humanos a lo largo de un eje anterior-posterior (con diferentes conectividades), lo que ha planteado durante mucho tiempo el debate sobre si el hipocampo es uniforme funcionalmente a lo largo de este eje o, como se ha asegurado tradicionalmente, la región posterior es la implicada en la memoria y la navegación espacial y la anterior la que interviene en los comportamientos relacionados con la ansiedad.

Frente a esta idea tradicional, propone un modelo unitario en el que TODO el hipocampo se dedica a un solo tipo general de memoria. Así, propone la hipótesis – basada en recientes estudios genéticos, anatómicos y electro fisiológicos – de que el hipocampo se organiza en gradientes en los que existen múltiples dominios funcionales.

El trabajo ha sido realizado con el reciente Premio Nobel de Fisiología y Medicina Edvard I. Moser -galardonado junto con May-Britt Moser y John O’Keefe por sus investigaciones sobre la función espacial del hipocampo-, y cuenta asimismo con la colaboración de Menno P. Witter, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, y Ed S. Lein, del Allen Institute, como coautores.

La investigación se basa en el estudio intensivo de pacientes y modelos animales con daño en el hipocampo,  que presentaban alteraciones en la memoria declarativa (que comprende tanto la memoria episódica como la semántica) y  en el estudio de la función espacial del hipocampo -basada principalmente en la demostración de la existencia de células espaciales del hipocampo y corteza entorhinal -.

Para ello, los investigadores tomaron en cuenta, en primer lugar, los hallazgos anatómicos realizados en ratas, que sugerían que existen múltiples gradientes funcionales en el eje longitudinal del hipocampo.

Tras ello, se revisaron los resultados  derivados de investigaciones genéticas que indican que los dominios genéticos discretos se superponen a esta organización graduada; y por último, se analizó -en base a estudios en animales y humanos-  la forma en que estos patrones anatómicos y genéticos pueden derivar en patrones de especialización funcional del eje del hipocampo, principalmente en términos de procesamiento espacial, respuestas emocionales, la acción y la memoria episódica.

 Así, el estudio analiza los gradientes en la conectividad cortical y subcortical del hipocampo, la expresión genética y la organización funcional a lo largo de todo el eje hipocampal.

Según destacan, al proponer un modelo de organización funcional del hipocampo que superpone gradientes de eje largo y dominios funcionales diferenciados, se abre la vía al establecimiento de predicciones específicas sobre las manifestaciones clínicas de las distintas lesiones o alteraciones del hipocampo.

“Suponiendo que los subdominios genéticos se encuentren en el hipocampo humano, el reto de futuro para la investigación clínica será determinar si estos subdominios pueden caracterizarse de forma no invasiva con las técnicas de neuroimagen actuales, o si su composición genética puede estar relacionada con patologías específicas“, explican.

(EuropaPress)

Fuente: http://noticias.lainformacion.com/salud/genetica/describen-un-nuevo-modelo-para-explicar-las-funciones-del-hipocampo_eATl99zv7KShsnHa2EVUt7/

Ed: Raquel Ferrari

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Neurociencia & educación : sí al bilinguismo

La neurociencia es a la educación lo que la biología es a la medicina y la física a la arquitectura”.

Con esta cita de Manfred Spitzer, el doctor Matt Davis, líder del Grupo Discurso y Lenguaje de la Unidad de Ciencias del Conocimiento y del Cerebro de la Universidad de Cambridge,  sintetizó la utilidad de su trabajo durante la primera ponencia de la conferencia Multilingual Education: policy, practice and reality, que dio comienzo el pasado lunes 20 de Octubre,  en Salamanca organizada por Cambridge English, en un acto que tuvo lugar en el aula magna del Palacio de Anaya.

Davis es un pionero de la utilización del MRI o resonancia magnética en su aplicación a la educación, y ha llevado a cabo una larga serie de investigaciones para averiguar de qué manera reacciona nuestro cerebro cuando aprende otro idioma…. O dos.

Por ejemplo, ha probado que la lengua condiciona la forma en que percibimos el mundo, incluso en niveles muy sutiles (el número de colores que podemos percibir), o que los bilingües probablemente almacenen el conocimiento sobre dichas lenguas en la misma región del cerebro, lo que provocaría una comunicación mayor entre ambas.

Un consejo general para el aprendizaje del idioma: ya que aprendemos la lengua unida a los objetos del mundo y a nuestros sentimientos, quizá sería interesante adquirir la lengua en asignaturas relacionadas con el movimiento y la acción. Es el método que utilizan en un colegio bilingüe inglés-español de Brighton, donde las clases de arte y gimnasia se dan en español.

Lo que está fuera de ninguna duda es que los bilingües tienen un mayor número de ventajas que aquellos que conocen un único idioma. Pero, ¿cuáles son estas y de qué manera funciona la materia gris cuando aprendemos?

1. Los bilingües tienen cerebros más grandes

El tamaño no es lo que importa, pero la realidad es que el lóbulo parietal inferior izquierdo, que es el que está relacionado con el conocimiento de un segundo idioma, es mayor en las personas bilingües. Otro dato más: cuanto antes empecemos a aprender este idioma (sobre todo, si lo hacemos en la infancia), más estimularemos dicha región del cerebro.

2. Los cerebros jóvenes aprenden mejor

Davis cita una interesante investigación realizada por James Flege, que estudió el manejo del idioma entre los inmigrantes americanos, para explicar cómo la edad es esencial a la hora de adquirir una nueva lengua. Este se dio cuenta de que, cuanta más edad tenían los exiliados al llegar a su país destino, estos aprendían peor el idioma. Una peculiaridad de este aspecto es que, como señaló un estudio realizado en 2004 por Patricia Kuhl, los niños más pequeños sólo aprenden de su relación directa con el idioma, y no a través de los medios de comunicación. Ello quiere decir que la radio y la televisión apenas producen ningún beneficio. Se trata de un proceso semejante al que llevan a cabo los pájaros cantores.

3. El sentido de las palabras se almacena en sistemas motores

Ciertas palabras activan en el cerebro zonas semejantes (el córtex motor y premotor) a las que son estimuladas cuando realizamos actividades físicas, como mover la lengua, los brazos y las piernas. Es lo que ocurre con verbos como “correr”, “coger” o “lamer”, que implican acción. La investigación llevada a cabo por Hauk, Johnsrude y Pulvermuller en 2004,  puso de manifiesto que nuestro lenguaje y nuestro cuerpo están más unidos de lo que solemos pensar. Hablar es moverse.

4. El aprendizaje continúa mucho después de salir de clase

¿Recuerdan aquella frase hecha tan de madre que decía que para aprender hay que descansar bien? Tenía bastante razón. Según una investigación realizada por el propio Davis, descansar correctamente era esencial para que un grupo de alumnos incorporase a su lenguaje las palabras que habían aprendido el día anterior. En otras palabras, aunque tu cuerpo descanse, tu cerebro no lo hace durante el sueño: es la conocida como polisomnografia.

5. La diferencia entre aprender la lengua materna y la segunda lengua

El cerebro se comporta de manera muy distinta en el aprendizaje de un segundo idioma que en el primero, si los aprendemos en distintas épocas de nuestra vida.

Al aprender nuestra primera lengua, solemos utilizar fácilmente las reglas gramaticales, aunque en muchas ocasiones, no seamos capaces de explicarlas ya que son explícitas. En la segunda, el conocimiento gramatical es explícito, como solemos aprender otro idioma, y necesitamos conocer sus reglas de antemano. Sin embargo, si aprendemos ambas lenguas al mismo tiempo, la misma zona cerebral relacionará ambas lenguas y las pondrá en contacto para generar esquemas más complejos.

6. ¿Por qué nos resultan tan difíciles los false friends?

Davis propone un peculiar experimento. En él, leemos la palabra “verde” pintada de verde, la palabra “azul” pintada de azul, la palabra “amarillo” pintada de amarillo… Y luego, la palabra “azul” pintada de verde, o la palabra “amarillo” pintada de azul, algo que provoca confusión en el auditorio. Estamos recibiendo informaciones contradictorias, y algo semejante ocurre con los false friends o esas palabras que se parecen a una de nuestro idioma pero significan algo completamente distinto. Las palabras compartidas en un idioma se procesan más rápidamente (“idea” en español y en inglés), y los falsos amigos, de forma mucho más lenta, puesto que se produce una competición en la que uno de los sentidos del significante terminan ganando la partida sobre el otro.

7. Bilingüismo contra el alzhéimer

Conocer dos idiomas es importante tanto para los niños como para los adultos. Aunque en un primer momento aprender dos lenguas puede ralentizar el aprendizaje, a la larga forma una importante reserva cerebral, especialmente útil a la hora de combatir la degeneración cognitiva. Davis recuerda que el bilingüismo puede llegar a retrasar cuatro años la enfermedad de Alzheimer.

8. Hacer exámenes mejora el aprendizaje

Uno de los debates más frecuentes en la comunidad educativa es el que se pregunta sobre si es preferible estudiar una y otra vez o realizar exámenes, que en dicho caso no servirían sólo como herramienta de evaluación, sino también de aprendizaje. Así que Davis realizó distintos experimentos: en uno, los niños estudiaban una y otra vez y repetían los exámenes, en otro se examinaban sólo de aquello en que habían fallado, en otro de toda la materia… Cuál sería la sorpresa del autor que los alumnos aprendían más haciendo tests sobre todo, tanto aquello que habían acertado como aquello en lo que habían fallado.

Fuente: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-10-21/si-al-bilinguismo-las-8-cosas-que-ocurren-en-tu-cerebro-cuando-aprendes-otro-idioma_392012/

Edit.:Raquel Ferrari

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