Identificado el mecanismo que graba el miedo en el cerebro

Bajo la sombra de los rascacielos de Manhattan, muy cerca de los 20.000 cadáveres sepultados en un viejo cementerio oculto bajo el Washington Square Park, se encuentra el laboratorio del miedo. Allí, bajo las órdenes del neurocientífico y rockero estadounidense Joseph LeDoux, trabaja una quincena de investigadores para intentar comprender por qué, por ejemplo, una persona se queda paralizada al ver a un perro, traumatizada por un huracán o muda al intentar hablar en público.

 

Uno de los miembros de esta brigada de elite del miedo,  del Centro para la Ciencia Neural de la Universidad de Nueva York, es el neurocientífico español Lorenzo Díaz-Mataix, que acaba de identificar los mecanismos cerebrales que convierten las experiencias desagradables en recuerdos imborrables durante años.

Díaz-Mataix se ha sumergido en el cráneo de cientos de ratas. En lo más profundo de sus cerebros, como en los de los seres humanos, se esconde la amígdala, una región del tamaño de una almendra que la comunidad científica señala como almacén del miedo.  En ella se guardarían durante décadas los recuerdos de las vivencias traumáticas sufridas a lo largo de la vida. Y por ella el grupo de rock de LeDoux se llama The Amygdaloids.

En 2010, salió a la luz el caso de una mujer estadounidense de 44 años con la amígdala completamente dañada por una rarísima enfermedad genética. La mujer, conocida como SM para preservar su anonimato,era incapaz de sentir miedo.

Un grupo de investigadores encabezado por el psicólogo Justin S. Feinstein, de la Universidad de Iowa, siguió su pista durante más de 20 años. Rodearon a SM de serpientes y arañas venenosas, vieron con ella películas de terror como El resplandor y El silencio de los corderos, la acompañaron a sanatorios abandonados supuestamente habitados por fantasmas. Y nada. La mujer sin amígdala ni siquiera sintió miedo cuando, caminando de noche por un parque solitario, un yonqui le puso un cuchillo en la garganta y masculló: “Te voy a rajar, puta”. SM siguió andando como si escuchara La Traviata.

Ahora, Díaz-Mataix ha iluminado ese enigmático cajón de recuerdos que es la amígdala cerebral. Su investigación parte de una hipótesis postulada en 1949 por el psicólogo canadiense Donal Hebb y sugerida hace más de un siglo por el nobel español Santiago Ramón y Cajal. “Dos células o sistemas de células que están repetidamente activas al mismo tiempo tenderán a convertirse en ‘asociadas’, de manera que la actividad de una facilitará la de la otra”, dejó escrito Hebb en su libro La organización de la conducta.

O, expresado de manera más simplificada, las neuronas de la amígdala del cerebro humano que se excitan eléctricamente tras el ataque de un perro permanecen conectadas durante años. Sus puentes eléctricos se refuerzan. Ese sería el esqueleto del recuerdo.

El equipo de Díaz-Mataix ha demostrado que la teoría de Hebb es cierta, al menos parcialmente, en los complejos cerebros de los mamíferos. Su experimento, cuyos resultados se publican en la revista cientifica PNAS, es una versión sofisticada del célebre perro de Pávlov, aquel can ruso que se acostumbró a escuchar un metrónomo (sustituido por una campanita en el imaginario colectivo) antes de comer y ya salivaba cada vez que escuchaba el tic tac aunque no hubiera alimento. El investigador español, en tándem con Josh Johansen, del Instituto RIKEN de Ciencias del Cerebro en Japón, sometió a decenas de ratas a un pitido de 20 segundos rematado por una descarga eléctrica de medio segundo. A partir de entonces, las ratas se quedaban paralizadas cada vez que escuchaban ese sonido. En su cerebro quedó grabado el miedo al chispazo.

Ahí empezó la sofisticación del experimento, gracias a la optogenética. Los investigadores instalaron genes de algas sensibles a la luz a bordo de virus, que funcionan como taxis microscópicos, y los inyectaron en los cráneos de las ratas. Una vez insertados en las neuronas de los roedores, los genes eran capaces de producir una proteína que funciona como un interruptor de la célula, activándola o desactivándola en función de ráfagas de luz láser enviadas por los científicos.

Las ratas con la amígdala cerebral apagada eran incapaces de recordar el chispazo y carecían de conexiones reforzadas entre sus neuronas. Al mismo tiempo, activar las amígdalas de ratas que no habían sufrido la pequeña electrocución servía para generar miedo al pitido sin necesidad de ningún tipo de shock. En este último caso, según los autores, era necesario que se activaran también los receptores de noradrenalina, una molécula cerebral implicada en los procesos de atención. Sin esta activación, no había aprendizaje.

“Con una sola descarga eléctrica asociada a un pitido, las ratas ya recuerdan la experiencia toda su vida. El cerebro hace esto para afrontar los peligros. Un animal necesita aprender con una sola oportunidad, porque quizá no tenga otra”, explica el neurocientífico.

El despacho del Dr. Luis De Lecea, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Stanford (EEUU), se encuentra a escasos 15 metros del laboratorio en el que se desarrolló la optogenética en 2004. Desde allí, De Lecea ha sido testigo de cómo esta técnica ha revolucionado la investigación del cerebro humano. Las teorías de Hebb ya se habían prácticamente confirmado “con rodajas de cerebro” de roedores en el laboratorio, pero los experimentos de Díaz-Mataix son “una demostración elegante” en mamíferos vivos, a juicio de De Lecea.

El neurocientífico español dibuja las posibles aplicaciones de sus hallazgos. “En los enfermos con estrés postraumático, ansiedad o incluso depresión, su cerebro no es capaz de aprender que lo que una vez fue peligroso ya no lo es, y siguen respondiendo de forma exagerada”, señala. Personas que han vivido guerras, accidentes graves, violaciones o catástrofes naturales siguen sintiendo miedo y estrés una vez pasado el peligro.

Hay actualemte varias líeas de investigación para intentar borrar esos malos recuerdos. Se basan en un proceso conocido como “reconsolidación de la memoria”. “Cada vez que un recuerdo sale a la luz, se pone en un estado frágil que hace que el cerebro pueda añadir cosas relevantes”, apunta Díaz-Mataix. Cuando se abre el baúl de los recuerdos es el momento de modificarlos.

Si, por ejemplo, alguien va en un coche escuchando a todo volumen la canción Balada Boa de Gusttavo Lima y se estampa contra un árbol, cada vez que escuche el estribillo “Tchê tcherere tchê tchê” tendrá pavor. “Sin embargo, si cada vez que la víctima va a un bar a tomar algo ponen esa canción, el cerebro recupera el recuerdo y aprende que ya no es negativa. Eso es la reconsolidación”, añade el investigador.

Para Díaz-Mataix, es muy posible que el proceso para almacenar recuerdos desagradables que han observado sea en realidad un mecanismo general del sistema nervioso para generar otro tipo de recuerdos, ya sean de asco, ira o alegría. “El problema es cómo estudiar estas emociones primarias en una rata”, lamenta. Si tiene razón, será todavía más cierta aquella sentencia de Ramón y Cajal: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro”.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/12/10/ciencia/1418234274_886543.html

Editado por : Raquel Ferrari

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Elizabeth Loftus: recuerdos falsos & “psicoterapias”

 

Experta en el funcionamiento de la memoria, Loftus es uno de los psicólogos más polémicos: su posición más controvertida es haber denunciado que algunos tipos de psicoterapia podrían estar detrás de la creación de recuerdos falsos, generalmente relacionados con abusos sexuales en la infancia. Pero Loftus, matemática y psicóloga cognitiva, también cree que los recuerdos falsos pueden tener sus ventajas. Por ejemplo, modificando el comportamiento de personas que sufren trastornos alimentarios. De todo ello hablamos en su despacho de la Universidad California Irvine.

XLSemanal. Dice usted que nuestra memoria funciona como Wikipedia. ¿A qué se refiere exactamente?

Elizabeth Loftus. Tú puedes entrar en Wikipedia y cambiar o corregir un artículo, pero otras personas también pueden hacerlo. Con los recuerdos pasa lo mismo: nuestra memoria es maleable.

No funciona como una videocámara que graba lo que sucede para reproducirlo más tarde. Cuando recordamos, cogemos pedazos de nuestra experiencia y construimos lo que sentimos, que es nuestro recuerdo.

XL. Usted asegura que nuestros recuerdos pueden estar contaminados. ¿Cómo llegó a esta conclusión?

E.L. En los setenta empecé a estudiar la memoria de los testigos de crímenes y accidentes. Les mostraba situaciones simuladas y les preguntaba. Nos dimos cuenta de que era fácil modificar sus recuerdos.

XL. ¿Qué tipo de recuerdos?

E.L. Por ejemplo, era relativamente fácil hacerles creer que donde ellos pensaban que había una señal de stop, en realidad había un ceda el paso. O que la persona que huía de la escena de un crimen tenía el pelo rizado en vez de liso. Bastaba con hacerles sugerencias, preguntas capciosas o utilizar el testimonio de otros testigos. Es lo que llamamos el ‘efecto de la desinformación’.

XL. ¿Los recuerdos falsos se construyen siempre a partir de sugestiones externas?

E.L. Es lo habitual, pero no siempre es así. Nuestros propios pensamientos pueden actuar como una fuente de desinformación. Podemos distorsionar nuestros recuerdos tratando de entender lo que ha sucedido o imaginando lo que podría haber pasado.

XL. ¿Y hay alguna forma de distinguir entre recuerdos falsos y verdaderos?

E.L. Lo hemos intentado, pero sin resultados concluyentes. La emotividad vinculada a los recuerdos falsos y a los verdaderos es similar, y la persistencia en el tiempo también. Incluso hemos utilizado técnicas de neuroimagen para comprobar si las señales neuronales difieren, pero no hallamos diferencias.

XL. ¿Hay personas más susceptibles que otras a construir recuerdos falsos?

E.L. Sí, pero solo ligeramente. Los que obtienen mejores resultados en los test de inteligencia son un poco menos susceptibles a la contaminación. Pero todos estamos expuestos a que nuestras autobiografías estén contaminadas.

XL. ¿Y qué hay de la biografía colectiva, la historia? ¿También puede ser contaminada?

E.L. Claro, los recuerdos falsos colectivos también existen. Piensa en las protestas de Tiananmen en 1989. Entonces hubo una campaña gubernamental en China para cambiar la percepción social de lo que estaba pasando. Y logró su objetivo: cambió los recuerdos sobre quiénes eran las víctimas y quiénes los agresores. Los gobiernos pueden hacer eso.

XL. Uno de sus experimentos demuestra lo apegados que estamos a nuestros recuerdos. ¿Por qué son tan importantes para nosotros?

E.L. Porque nos proporcionan un sentido de la identidad. No podríamos funcionar sin ellos. Y la idea de que puede haber mucha ficción en nuestros recuerdos incomoda a mucha gente. Las personas no quieren renunciar a sus recuerdos, ni siquiera a los dolorosos.

XL. Pero, al mismo tiempo, no podemos confiar plenamente en ellos…

E.L. No pasa nada por confiar en nuestros recuerdos. La precisión no importa mientras funcionas con normalidad, pero hay veces en las que un recuerdo muy concreto tiene mucha importancia. Por ejemplo, si de él depende saber qué persona cometió un robo o si estás acusando a alguien de algo.

XL. Usted denuncia que, en los Estados Unidos, cientos de inocentes han sido encarcelados. Y todo porque fueron erróneamente identificados por los testigos.

E.L. Está claro que no podemos prescindir de los testigos oculares porque a veces son muy útiles. Pero hay que mejorar los procedimientos. Las fuerzas policiales deben tener mucho cuidado de no comunicar información a los testigos. Por ejemplo, contándole a un testigo lo que otro ha dicho.

XL. Uno de sus experimentos más famosos es el llamado ‘perdido en el centro comercial’. ¿Puede explicarlo?

E.L. Durante años vi en los juzgados cómo algunas personas desarrollaban recuerdos falsos muy intensos, como haber sido víctimas de violaciones mucho tiempo o de rituales satánicos. Pero no había ninguna evidencia física ni de otro tipo, como hubiera sido lógico ante la brutalidad de las historias que contaban. Quería estudiar ese tipo de recuerdos y buscamos uno análogo, uno que fuera ligeramente traumático, por ejemplo, haberse perdido en un centro comercial a los cinco años.

XL. Y se propusieron implantar ese recuerdo en alguien. ¿Cómo?

E.L. Pedíamos la colaboración de las familias. Por ejemplo, la madre del sujeto que se sometía al experimento nos daba información de experiencias reales que sí sucedieron durante su infancia y después le presentábamos esos recuerdos junto al recuerdo falso como si todo fuera verdad. Encontramos que uno de cada cuatro desarrollaba un recuerdo total o parcial del evento. Algunos críticos nos acusaron de haber usado un escenario demasiado común. Pero, desde entonces, hemos conseguido implantar recuerdos falsos sobre ataques de animales salvajes o experiencias en las que el sujeto estuvo a punto de ahogarse. Es posible hacerlo.

XL. Usted responsabiliza a algunos tipos de psicoterapia (las retrospectivas, como la hipnosis) de la creación de esa clase de recuerdos. ¿Por qué?

E.L. Imagina que una mujer llega a la consulta con un desorden alimentario y está un poco deprimida. Y el psicoterapeuta le sugiere: «Muchas personas que tienen esos síntomas fueron víctimas de abusos en su infancia. Me pregunto si algo así te ocurrió a ti…». La paciente dice que eso no le sucedió y el terapeuta contesta: «A menudo reprimimos los recuerdos de experiencias dolorosas. ¿Por qué no probamos un poco de hipnosis, suero de la verdad… que te ayuden a recordar el trauma?». Tarde o temprano, muchos de estos pacientes desarrollarán imágenes de cosas que creen que son sus recuerdos.

XL. Sostiene que no es posible que la mente borre sucesos altamente traumáticos durante mucho tiempo.

E.L. Es que no hay ninguna prueba científica que respalde esa teoría. Al menos, de momento. Llevan 80 años intentando demostrarlo, pero aún no lo han conseguido.

XL. Es una opinión polémica que le ha granjeado muchísimos enemigos…

E.L. Sí y ha sido muy desagradable. Los ataques furibundos empezaron en los noventa cuando publiqué un libro titulado El mito de la memoria reprimida. Me amenazaron de muerte, tuve que llevar guardaespaldas, soporté un proceso judicial larguísimo cuando una mujer me demandó… No ha sido agradable, pero me siento recompensada porque ha habido un cambio de actitud.

XL. ¿Cree que esos ataques que ha sufrido son la reacción de un gremio que ve amenazado su negocio?

E.L. Bueno, hay quien, como el profesor Richard Ofshe, ha llegado a decir:

«Si puedes convertir un paciente con un desorden alimentario de 200 dólares en un paciente con personalidad múltiple de 200.000, ahí tienes tu motivación».

Pero yo creo que muchos psicoterapeutas realmente creían en lo que estaban haciendo. Y algunos lo siguen creyendo.

XL. Me viene a la cabeza el caso de Woody Allen y las acusaciones de abusos sexuales de su hija, Dylan Farrow, cuando ella tenía seis años. ¿Qué opinión le merece el caso?

E.L. Creo que hubo una gran cantidad de sugestión en el ambiente de esa niña y una guerra muy violenta entre sus padres. Y hay razones muy serias para cuestionar que esos abusos realmente ocurrieran.

XL. No todos los recuerdos falsos son negativos. Según su investigación, pueden utilizarse para combatir problemas como la obesidad. ¿Cómo?

E.L. Hace años conseguimos implantar en un sujeto recuerdos falsos relacionados con la comida: por ejemplo, se puso enfermo tras haber tomado un helado de fresa. Tras ello, el hombre no tenía tantas ganas de consumir ese producto. También lo hicimos con el vodka… y funcionó. Y luego hicimos lo contrario: implantamos un recuerdo falso agradable relacionado con algo sano, como los espárragos, y la gente quería comerlos más. Pensé que se podría hacer un buen uso de ello.

XL. Pero esa también es una idea muy controvertida…

E.L. Sí, cuando lo sugerí causó mucha indignación. «¿Está animando a los padres a que mientan a sus hijos?». Quizá un terapeuta tendrá reparos éticos, pero ¿por qué tendría eso que detener al padre de un adolescente obeso? Además, ¡la gente miente constantemente! Solo que, a veces, las mentiras pueden tener un buen propósito.

Cuatro formas de manipular tu memoria

-¿’Un’ faro o ‘el’ faro? Un simple artículo puede cambiar tus recuerdos. Loftus lo descubrió con un experimento. Sometió a un grupo de sujetos a la visión de un accidente. Si el investigador les preguntaba si había «un faro roto», los testigos negaban haberlo visto. Sin embargo, si se les preguntaba por «el faro roto» confirmaban su existencia. En realidad, no había ningún faro roto en la simulación.

-¿’Chocaron’ o se ‘estrellaron’? Durante otro experimento similar, el equipo de Loftus preguntó a un grupo de personas: «¿Cómo de rápido iba el coche cuando chocó?». La velocidad que estimaban era de diez kilómetros por hora más alta de media si en la pregunta se sustituía la palabra ‘chocar’ por otra: ‘estrellar’.

 

 

-¿Culpable o tu cara me suena? Según Loftus, los testigos de un crimen tienden a escoger un rostro que les resulta conocido. Lo demostró con un experimento. Mostraba a los participantes las fotos de seis tipos mientras narraba un crimen. Una de las fotos era la del culpable; las otras, de inocentes vinculados con el caso. A los tres días mostró a los participantes cuatro fotos y les pidió que señalaran al culpable del crimen que les había contado días antes. Las fotos eran de tres tipos ajenos al caso y la cuarta, de uno de los personajes inocentes de la historia. El 60 por ciento señaló al inocente cuya foto habían visto antes y lo declararon culpable. Simplemente les recordaba el crimen.

-¿Informados o desinformados? Loftus mostró a un grupo de personas el vídeo de un robo en el que se producía un tiroteo. Después de ver la grabación real, enseñó a los mismos sujetos una noticia de televisión sobre el incidente que contenía errores. Cuando se les pidió describir el incidente, muchos mezclaron los hechos reales del vídeo con los detalles falsos de la noticia. Incluso al advertirles de que la noticia contenía errores, se aferraron a los recuerdos falsos creados por los medios de comunicación.

Testigo de cargo

-La defensa llama a declarar a…

En 1973, Loftus declaró en su primer juicio como experta en la memoria para cuestionar el testimonio de unos testigos presenciales. El acusado fue absuelto. Empezaron a llamarla abogados de todo el país. Era lo que buscaban. Loftus podía cuestionar el testimonio de los testigos sin atacarlos a ellos personalmente. Lo hacía ‘científicamente’ y creaba dudas en el jurado. Ha testificado en más de 250 juicios; entre ellos, el de Ted Bundy, O. J. Simpson (en la foto), Rodney King, Oliver North…

-Un hombre acusado de asesinato… por un recuerdo inducido

En 1990, este hombre de 51 años llamado George Franklin fue acusado de violar y asesinar a una niña de ocho, basándose en la declaración de su propia hija: Eileen. Lo peculiar era que el crimen había ocurrido 21 años antes. El recuerdo de Eileen había tardado dos décadas en salir a la luz. Según el fiscal, ella lo había reprimido. ¿Reprimido?

La defensa llamó a Loftus, que no halló base científica para ello. Pero su testimonio no fue considerado. Franklin fue condenado a cadena perpetua, pese a que no se presentó ninguna evidencia física contra él. Era el primer caso en la historia en que se admitía en un tribunal la ‘memoria recuperada’.

Comienza entonces una oleada de casos de recuerdos reprimidos. Loftus decidió demostrar que se podían ‘implantar’ falsos recuerdos y centró su trabajo en ello. Cinco años después, el caso de Franklin se revisó por un tema formal. Entonces, la hermana de Eileen admitió que el recuerdo se había recuperado mediante hipnosis, lo que habían negado en el juicio. En 1996, Franklin fue liberado.

Para saber más: http://www.ted.com/talks/elizabeth_loftus.

Conferencia de Elizabeth Loftus en TED sobre el estudio de los recuerdos (con subtítulos en español).

Fuente: http://www.finanzas.com/xl-semanal/conocer/20141207/elizabeth-loftus-psicologa-polemica-7897.html

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Investigación: la lengua materna perdida deja rastros en el cerebro

Según un reciente reporte, las lenguas maternas perdida dejan una marca permanente en el cerebro. El estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Science of USA, desafía los criterios actuales respecto a que la exposición a una lengua en el primer año de vida puede ser “borrada” si existe inmersión en un contexto lingüístico distinto.

La investigacion demostró que niñas chinas, adoptadas a los 12 meses de vida por familias franco parlantes de Canadá, reconocían acentos chinos, a pesar de no tener entender la lengua.

El experimento se llevó a cabo con 49 niñas de 9 a 17 años, en Montreal. Se establecieron tres grupos

1º) Franco parlantes sin exposición al chino

2º) Bilingües Francés y Chino

3º) Adoptadas expuestas tempranamente al Chino

Se les pidió que escucharan “pseudo palabras” que utilizaban los acentos predominantes en chino. La resonancia magnética reveló que las niñas adoptadas mostraban la misma  actividad cerebral que los nativos, a pesar de no entender ni hablar la lengua china.

Fred Genesse, profesor emérito en el Departamento de Psicología en McGill University y co-autor del informe, resaltó la importancia de los resultados. ” La mayoría de las personas,  procesan el lenguaje en el hemisferio izquierdo. Cuando las franco parlantes escuchan las pseudo palabras, no las procesan como un lenguaje, para ellas, suenan como un amasijo de sonidos. Cuando observas los otros grupos notas que las áreas del cerebro que activan se encuentran en el hemisferio izquierdo, o sea, están tratando a esos sonidos como si fueran unidades lingüísticas, como palabras”.

En lenguas tonales como el chino mandarín, la misma palabra tiene distintos significados según se pronuncie.

Según David Stringer, profesor asociado de lingüística en la Universidad de Indiana, el estudio desafía la investigación clásica sobre el impacto que las lenguas tempranas tiene en el cerebro. “Aparentemente contradice los resultados de IRM de estudios similares, que sugieren que las lenguas de la temprana infancia de niños adoptados pueden ser borrados del cerebro cuando adquieren un nuevo idioma”. Por ejemplo, Un estudio del 2003 con niños de Corea adoptados por familias francesas que sugería que la lengua temprana se había perdido.

Alison J. Mackey, profesora de lingüística en la Georgetown University, afirmó que los nuevos hallazgos brindan evidencias a la hipótesis de la permanencia del aprendizaje  temprano de una lengua y de que lo que parece una pérdida de la lengua original sea en realidad un problema de recuperación. Dice: “Está allí, pero no es de fácil acceso”.-

Si bien el nuevo estudio fue mayormente bien recibido, Angela Creese, profesora de lingüística educacional de Birmingham University, cuestionó lo que se entiende por “chino” en el estudio y sugirió que los resultados debieran acotarse, utilizando una historia lingüística de los bebés más detallada. Agregó que la edad de los niños adoptados (+/- 12.0 meses) era significativa: “Es en esta etapa que el habla comienza a aparecer. Los bebés habrían sido capaces de aislar sonidos particulares de su idioma”.

Sumando al desafío que el conocimiento actual del de las lenguas tempranas en el cerebro, Kate Watkins, profesora de neurociencia cognitiva de la Oxford University, dijo que  el estudio abre interesantes posibilidades para  aquellos que quieran “reaprender” su lengua original. “Sugeriría que alguien que tenga una breve exposición tendría ventajas si quisiera aprender esta lengua otra vez. Si su cerebro esta cableado para detectar esas categorías sonoras, probablemente le será más fácil aprender ese idioma”.

Mackey se pregunta si las niñas chinas adoptadas podrían llegar a tener una fluidez similar a los nativos y sugiere estudios complementarios para examinar los “beneficios cognitivos” de esta exposición temprana.

“Aún no se conoce bien, pero es una muy excitante área de investigación”, dijo Stringer. “Esperamos poder entender más acerca del despertar de lenguas latentes en los próximos años”.

Fuente: http://www.theguardian.com/education/2014/nov/20/lost-first-languages-leave-permanent-mark-on-the-brain-new-study-reveals?CMP=twt_gu

Traducción : Raquel Ferrari

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Entrevista a Michael J. Gorman:”El juego y las interconexiones inesperadas son un valor en las ciencias”

Físico, filósofo, historiador…
Mi primer amor fue la música, soy clarinetista. Siempre he estado dividido entre las artes y las ciencias, ya en mi doctorado analicé la interacción entre la ciencia y el arte en la época de Galileo.

Cuando arte y ciencia dormían en la misma cama.

Luego se separaron y perdimos mucho. Así que mi objetivo ha sido crear un espacio en el que pudieran volver a reunirse, y eso es la Science Gallery de Dublín. Allí, científicos y artistas mantienen una colaboración creativa para desarrollar nuevas ideas.

¿Y qué criaturas han surgido de ahí?

Una chaqueta viva hecha de células madre humanas y de ratones: cuero, sin víctima. ¿Cómo se sentiría si tuviera que matar a su chaqueta?

Fatal.
Este tipo de objetos nos ayuda a cuestionarnos sobre cómo la ciencia evoluciona y las posibilidades increíbles que nos permitirá alcanzar. Dígame: ¿qué sucedería si tuviéramos que utilizar el olfato para encontrar a nuestra pareja perfecta?

Que sería todo más sencillo.
Hicimos una exposición sobre la ciencia del amor y hay investigaciones que demuestran que a través del olfato seleccionamos a las parejas más compatibles inmunológicamente con nosotros.

¿En su centro se investiga?
Sí, e implicamos a científicos que están en la cresta de la ola de la investigación en un equipo multidisciplinar.

Cuénteme qué le ha sorprendido.
Saber, por ejemplo, a raíz de una exposición sobre el agua, que para que se cree un huevo de gallina hacen falta 200 litros de agua. Que existen 50.000 millones de pollos en el mundo, siete veces más pollos que personas.Saber que sólo el 20% de nuestras células son humanas, el resto son bacterias, somos simplemente un hábitat para las bacterias.

Emana usted entusiasmo.
¡Es que es fascinante! Hicimos una exposición sobre pandemias infecciosas. Reunimos a inmunólogos, epidemiólogos, expertos en marketing y neurocientíficos.

¿Y qué surgió?
Las pautas en común entre el pánico financiero, la difusión de los chistes, la religión y las gripes. En 1969 hubo una epidemia de risa en Tanzania que duró un año.

Parece un cuento.
Pues no lo es. Empezó en una escuela de niñas que cuando volvían a sus casas, en diferentes pueblos, expandían la epidemia, que se perpetuaba como una enfermedad infecciosa. Hay sistemas matemáticos que subyacen en esos fenómenos; vera…

Un momento…, cuénteme ese chiste.
Nadie sabe cuál fue el detonante, pero las escuelas tuvieron que cerrar porque nadie podía dejar de reír.

Ha estudiado física y filosofía, dos disciplinas que están muy relacionadas.
Cierto, la separación entre ambas es bastante reciente. Newton y Descartes se consideraban filósofos, y a la física se la denominaba filosofía natural. Muchos de los debates de la física actual son filosóficos.

¿Por ejemplo?
Las implicaciones que tiene para nuestra experiencia la existencia de universos múltiples donde habitan distintas versiones de nosotros con experiencias diferentes. Parece una idea absurda, pero es tomada muy en serio por muchos físicos en todo el mundo.

¿La física cuántica cambiará nuestra visión del universo y la vida?

Ya la ha cambiado. Hace un año en Austria teletransportaron una partícula, como en Star Trek. Hay un largo camino de ahí a teletransportar personas, pero la posibilidad ya está ahí. Tenemos que transformar nuestra visión del mundo de acuerdo con la mecánica cuántica, pero el problema es que es una visión muy extraña.

Distintas versiones de ti mismo y entre ellas una que no muere nunca, ¿cómo aplicas eso a tu vida cotidiana?

¿Cuáles son las áreas de investigación clave actualmente?

Lo más estimulante está sucediendo en las fronteras entre distintas disciplinas. Neurociencia e ingeniería, por ejemplo, neuronas que crecen en chips; neurojuegos. El problema es que el modelo educativo está caduco.

Pues hay que cambiarlo.
Sí, debemos apostar por un sistema educativo que se base en la creatividad y no en la transferencia de información. Nuestras decisiones de qué desayunamos, cómo nos movemos o qué ideas creativas desarrollamos tienen un gran impacto en el mundo.

Y en nuestras pequeñas vidas.
Así es, pero la mayor parte de nosotros nos vemos forzados mediante el sistema escolar a no desarrollar jamás muestras ideas creativas de manera completa. Debemos proporcionar a los estudiantes entornos creativos.

Hoy, más que nunca, hay muchos científicos controvertidos.
Contar con científicos que cuestionan nuestras ideas básicas, como Einstein, es muy importante. La mayor parte de los grandes descubrimientos revolucionarios de la ciencia fueron descartados por la masa de científicos de su época, y estas revoluciones solían venir de personas de sectores distintos.

Científicos que amaban el juego.
Efectivamente, porque el juego y las interconexiones inesperadas son un valor fundamental en la ciencia

Fuente : http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120301/54262194000/michael-john-gorman-como-se-sentiria-si-tuviera-que-matar-a-su-chaqueta.html

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Entrevista a Francisco Mora : neuroeducación

DSC_0194 Francisco Mora es Catedrático de Fisiología Humana por la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Medicina por la Universidad de Granada, y doctor en Neurociencias por la Universidad de Oxford, asimismo desarrolla su trabajo actual entre la Universidad de Iowa y España.

Uno de los autores más interesantes de las neurociencias a nivel mundial, y especialmente en ese cruce apasionante que llamamos neuroeducación. Autor de una obra prolífica, algunos de ellos son: “Neurocultura”, Alianza Editorial, 2007, “Cómo funciona el cerebro”, Alianza Editorial, 2009, “El bosque de los pensamientos”, Alianza Editorial, 2009, “El dios de cada uno: por qué la neurociencia niega la existencia de un dios universal”, Alianza Editorial, 2011; o su último libro, “Neuroeducación. Sólo se puede aprender  aquello que se ama”, Alianza Editorial, 2013.

1. ¿Cómo sintetizaría en tres claves la educación del s. XXI?

La educación en nuestro siglo ya lleva una dirección que viene trazada por la Ciencia y en particular por la Ciencia del Cerebro, alejándola poco a poco de opiniones e ideologías. Todo esto se puede reducir a una clave. Aquella con la que, utilizando el método científico, abrirá los códigos que encierran el funcionamiento del cerebro.

Esto nos debiera llevar a un nuevo concepto de la educación. Un nuevo mundo de conocimientos e instrumentos con los que mejorar la enseñanza de los profesores y el aprendizaje en los alumnos. Pero sobre todo a una nueva educación que cambie al ser humano.

Y más allá, y aunque parezca idealista, yo me atrevo a predecir que esta nueva educación llevará a desterrar lentamente el pensamiento mágico y a potenciar el pensamiento analítico y crítico y desde luego el creativo. Todo esto acontecerá de un modo lento pero  también, inexorable.

2. ¿Cuáles son las tres aportaciones imprescindibles de las neurociencias, que todo docente debe saber para su trabajo de aula? ¿Podría ponernos algún ejemplo?

La aportación fundamental de la Neurociencia reside en hacer ver a todos los docentes que la puerta de entrada al conocimiento es la emoción.

Y que es con la emoción como despierta  la curiosidad de la que se sigue la apertura automática de las ventanas de la atención, lo que pone en marcha los mecanismos neuronales del aprendizaje y la memoria.

De esto se sigue que en el aula y en cada clase de todos los días, se debe comenzar haciendo despertar la curiosidad del alumno con algo tal vez ajeno a la propia clase. Algo, sea una pintura, una pequeña pieza de música o de literatura, un objeto extraño, un evento sucedido en el día o la propia palabra del docente que emocione y que en el contexto de la temática de la clase arranque los motores del aprendizaje.

Hay profesores de enseñanza media que ya han puesto en marcha estas ideas. Por ejemplo, han encontrado que sus alumnos muestran un gran interés cuando, cada día, antes de comenzar la materia de la clase y  durante algunos minutos, se les muestra en imágenes lo que hará el cerebro de ellos mismos cuando sigan con atención la temática de esa misma clase. Esto ya se está haciendo. Y al parecer funciona.

3. En esa nueva figura que usted tanto ha explicado: el neuroeducador, ¿qué funciones y ayuda puede aportar en un sistema educativo del s. XXI?

El neuroeducador, en cada colegio, sería una figura capaz, de evaluar críticamente los nuevos conocimientos que aporta la Neurociencia, de modo tan acelerado y cambiante, sobre la enseñanza y transmitirlo a los maestros y los profesores. Hay muchos falsos conocimientos, mucho neuromito que hay que rechazar.

El lenguaje neurocientífico es un lenguaje, como todo lenguaje científico y técnico, difícil de asimilar por los no iniciados. De ahí la necesidad de un traductor entre la neurociencia y el profesor que trabaja directamente en el aula. Todo profesor tiene ya que saber como funciona el cerebro, sede última de lo que se aprende y memoriza.

Y conocer qué mecanismos cerebrales son los que, al ponerse en marcha, llevan a un mejor aprendizaje y memoria de los alumnos. Y aunque estemos en esta temática en el principio de la historia y desconozcamos infinitamente más de lo que conocemos, es ya el momento de tomarse en serio el papel del cerebro en la enseñanza. Y en esto el neuroeducador representaría un papel fundamental.

4. ¿Podría señalar y explicar tres neuromitos que estén extendidos en la cultura popular?

Hay muchos, más de cincuenta. Permítame que le indique solo uno. Y es aquel que dice, y se sigue propagando constantemente por los medios de comunicación (aun a pesar del desmentido también constante  de los neurocientíficos), que solo se utiliza el 10% del cerebro.  Es mentira. Sería largo explicarle en que se fundamenta lo que digo. Pero créame, el cerebro es “uno” en su funcionamiento y utiliza para cada función específica todos los recursos de los que dispone. Todo ello no quiere decir, permítame el eufemismo, que haya gente en la que tal neuromito no se convierta en verdad.

5. En esa nueva complejidad cognitiva/emocional que las neurociencias van desvelando, junto a otras disciplinas, recuerdo una afirmación suya: “la emoción es la energía que mueve el mundo”, ¿cómo están entrelazadas las emociones en nuestro pensamiento y acción?

La emoción es central en el procesamiento de todo lo que se ve, se toca, o se oye. Es consustancial a estar vivo en el mundo pues el mundo sensorial solo cobra significado cuando el cerebro emocional lo colorea de bueno o de malo.

Y así las palabras, las decisiones, la razón, el conocimiento y hasta los movimientos que realizamos. Todo está bajo el control de los códigos que velan por la supervivencia. Y ese control es inconsciente.

Y en ello se incluye por supuesto lo que se aprende y memoriza. Aprender es tan básico y consustancial a esa supervivencia como lo es la comida o la bebida. Y la memoria igual. Todo el mundo sabe, por propia experiencia, que lo que mejor se recuerda es aquello que tiene un fuerte contenido emocional.

Y hoy sabemos que los abstractos, las ideas que hiladas conforman el pensamiento humano, ya tienen significado emocional, Sí, definitivamente, la emoción es la energía que mueve el mundo.

6. ¿Cuáles serían las novedades que las neurociencias están descubriéndonos sobre ese fenómeno tan  escaso y demandado hoy en la sociedad de la información: la atención?

La atención es central a la percepción del mundo y del pensamiento. Nada se puede  aprender, de modo consciente, sin el proceso atencional. Con la atención se conforma el proceso neuronal consciente que atrapa lo que se percibe. Y es con lo que se aprende y clasifica que asoman las diferencias de las cosas y eventos del mundo y eso es conocimiento.

La atención no es un proceso unitario. El cerebro pone en marcha redes neuronales diferentes para atender a fenómenos diferentes. Hay una atención básica que es diferente a aquellas otras que conocemos como fija, orientativa, ejecutiva (que es la del estudio), virtual o creativa y digital (Internet). Su conocimiento, particularmente la del estudio, puede ayudar mucho a estudiantes y profesores en distinguir por ejemplo los diferentes tiempos atencionales que se requieren para diferentes materias de estudio.

7. Desde su perspectiva neurocientífica y ahondando en un debate tan polarizado, ¿qué ventajas puede tener en el desarrollo de un alumno el uso de la web? ¿Tenemos evidencia, desde la investigación actual, de incovenientes en ese uso?

Ventajas muchas. Es una herramienta muy útil que provee de información rápida. Y digo herramienta porque no hay que olvidar que eso es lo que es Internet. Internet no puede sustituir a la enseñanza en el colegio aunque haya programas muy buenos y muy útiles en la red que pueden alcanzar con sus enseñanzas  a muchos rincones aislados del mundo.

El maestro “real”, la humanidad “real” y no cibernética de quien enseña, sigue y seguirá siendo absolutamente insustituible y fundamental. Pero todavía es muy temprano para evaluar los inconvenientes de Internet, aparte los casos de adicción que se multiplican en el mundo. Sí parece que internet esta desarrollando un tipo de foco atencional que difiere de la atención ejecutiva que es la que se requiere para el estudio y que va en detrimento de este último.

8. Desde un punto de vista filosófico, la modernidad cartesiana con su dualismo radical (mente, res cogitans/cuerpo, res extensa) está superada como paradigma explicativo, ¿qué características podría ir configurando esta nueva etapa desde su perspectiva neurocientífica?

Como Ud. comenta el dualismo está superado y sin duda que en esto ha contribuido poderosamente la Neurociencia Cognitiva y desee luego el conocimiento actual de la propia evolución humana. Sin embargo, es verdad que nadie puede negar la existencia de un alma espiritual humana como tampoco nadie podría  negar que no exista una tacita de té, poniente el ejemplo de Bertrand Russell, dándole vueltas a la tierra,  sobre todo además si la tacita es invisible a cualquier observación humana.

Pero la ciencia claramente te lleva a lo estéril de tal propuesta y a la falta de necesidad de esa pregunta para la Ciencia. Hoy es claro, ya alejados de las brumas del pensamiento mágico, que el ser humano es producto del proceso azaroso que es la evolución y coherente con la continuidad de la existencia biológica de todo lo vivo sobre la tierra. No hay ninguna intervención sobrenatural en el caso del hombre, eso es hoy tan claro como claro lo es para los teólogos más avanzados.

9. ¿Estamos ya en una “cultura neuro? ¿Qué implicaciones más inmediatas está teniendo y tendrá en un futuro próximo?

Permítame que le conteste a esta pregunta con una respuesta poco académica  y más coloquial y de tertulia. Lo “neuro” se ha sacado “de tiesto”. Todo comenzó con la “Neuro-filosofía” de Churchland. Era innovadora y tenía un claro sentido el bautizo “neuro”.

Lo que ella quería expresar fundamentalmente era lanzar una “mirada fresca” a entender mejor el problema cerebro-mente, o si se quiere cuerpo-espíritu, desde los conocimientos de la Neurociencia y hacer “nueva” esa visión.

Es decir, señalar que la Filosofía, al menos en este problema, se volvería muy pronto estéril si a partir de “ya” no se tuvieran en cuenta los conocimientos que se tienen acerca de qué es y cómo funciona el cerebro. Podría haber generalizado el título y haberle puesto al libro  “Cerebro y Filosofía” pero no lo hizo. Y el término “neuro”, como si fuera un meme, ganó fortuna.

Desde entonces, con la fuerza de ese arranque original, nacieron con igual fundamento, la Neuroética, Neuroeconomía, Neuroestética, Neurocultura, Neuroarquitectura, Neuroeducación y todas con ese sentido de arrancar “una nueva mirada”, un antes y un después, al pensamiento sobre el hombre y su mundo. Pero como todo, nació la ola y tantos y tantos han hecho surf en ella. Ahora, sin fundamento alguno, se le pone “neuro” a casi todo, queriendo con ello llamar la atención hacia “lo nuevo y rompedor” y desfigurando con ello y su fundamento el sentido original de lo “neuro”.

10. ¿Cómo resumiría las lecciones que las neurociencias pueden darnos sobre qué significa aprender en nuestra sociedad de la información en el s. XXI?

Significa anclar definitivamente el proceso de aprendizaje y enseñanza a unas bases sólidas y definitivas alejadas de opiniones, ideologías o alumbramiento de métodos individuales. Esto tendrá un desarrollo y unos alcances todavía no predecibles.

Nos damos cuenta ahora que aprender y memorizar no es simplemente almacenar algo útil, sino cambiar el cableado del cerebro de los individuos en su física y en su química y trenzar con ello sus futuros.

Que cada etapa del desarrollo humano hasta su muerte y en su individualidad, necesitará de procesos de aprendizaje diferentes acorde a  los códigos cerebrales puestos en marcha en cada etapa de ese arco vital humano y alejados de los miedos que instrumentan nuestras sociedades actuales.

Y en todo ello contará el papel de las paredes entre las que se enseña, sus colores, la temperatura, la luz, la orientación y los sonidos. Contarán los espacios, sean estos a ras de tierra y abiertos o arriba anclados a un kilómetro de altura por encima de las nubes. De modo que habrá un cambio profundo en la educación.

Algo sin embargo vaticino que no cambiará. Por muchos medios electrónicos y digitales que haya, incluso asumiendo que viviremos con robots y ordenadores que podrán crear, junto con la visión y el sonido, un mundo artificial de “emociones humanas” “olores” y “tacto” y que nos reconocerán al llegar al trabajo y en casa y hablaremos con ellos y nos facilitarán enormemente a todos el aprender y memorizar bien, seguiremos necesitando la interacción “caliente” del maestro con los alumnos y entre ellos. ¡Eso es imprescindiblemente “humano” y eso no cambiará…! ¡No dejará de ser humano!

 

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Frankestein : el origen de la neuroética

Por : Adela Cortina

En 2002 nace un nuevo saber, la Neuroética, en un congreso organizado por la Dana Foundation, interesada por las neurociencias. El congreso se celebra en San Francisco, con la asistencia de un buen número de especialistas, dispuestos a presentar en sociedad a la recién nacida, que tendrá por delante una apasionante tarea: no solo se ocupará de evaluar éticamente las investigaciones y las aplicaciones en neurociencias, sino también de tratar problemas fundamentales de la vida humana en los que está implicado el cerebro, como la libertad, la conciencia, el yo, la relación mente-cuerpo o las bases cerebrales de la moral.

Desde el congreso fundacional han aumentado exponencialmente las instituciones y publicaciones dedicadas al tema, llegando en ocasiones a la convicción de que la Neuroética es al siglo XXI lo que la Genética fue al XX, el gran reto que las ciencias plantean a la ética, ahora gracias al avance de las neurociencias.

El abanico de aplicaciones que abre el nuevo saber es inmenso, pero de entre ellas una se ha convertido en el asunto estrella: el enhancement, la posible mejora de las capacidades humanas interviniendo en el cerebro, el perfeccionamiento de facultades normales, y no solo la curación de patologías. La perfectibilidad del hombre, el gran reto del siglo XXI, las virtualidades y los límites de conseguir hombres y mujeres mejores interviniendo en el cerebro.

¿No desearía usted que le insertaran un chip para hablar inglés sin necesidad de academias? ¿No querría recuperar aquella fabulosa memoria de la juventud? Si la nueva Genética preparaba el Mundo feliz que diseñó Aldous Huxley, las neurociencias permitirían encarnar por fin el sueño del doctor Frankenstein.

Porque según cuenta uno de los fundadores de la Neuroética, William Safire, el nuevo saber nació en realidad en 1816 con el Frankenstein de Mary Shelley. ¿Lugar? Villa Diodati, en los alrededores de Ginebra. Allí se han reunido Lord Byron, Shelley, Polidori y Mary, que más tarde llevaría el nombre de Mary Shelley. El mal tiempo les obliga a permanecer en la villa y deciden hacer la apuesta de escribir cada uno un relato de terror. Al finalizar la estancia solo Mary ha sido capaz de terminar ese relato Frankenstein: el Prometeo moderno, con el que, al parecer, y sin ella saberlo, nació la Neuroética.

Claro que contar de este modo la prehistoria del nuevo saber puede parecer disuasorio, que es un intento de prevenir contra las posibles consecuencias nefastas de la tarea prometeica de intentar crear hombres más perfectos, porque puede llevar a producir monstruos.

Como ella misma confiesa, Mary había leído los trabajos de Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, sobre la creación de la vida artificial, y los toma como base para su obra. Por eso, aunque empieza escribiendo una historia de terror, va pasando poco a poco a contar un relato sobre la perfectibilidad del hombre y acaba descubriendo que el presunto hombre más perfecto no es más que un monstruo.

Se trataría a fin de cuentas de una novela educativa más, con una moraleja que convendría recordar en el siglo XXI, cuando las técnicas de neuroimagen permiten conocer más a fondo el cerebro y se hacen posibles intervenciones de mejora. Agitar el espantajo del monstruo de Frankenstein sería la forma de prevenir frente a esta nueva tarea prometeica.

Pero no es este el mensaje que encontrará en la novela de Shelley quien no solo lea el comienzo, sino que llegue hasta el final. Sin duda la criatura de Frankenstein es un hombre distinto de los conocidos, más perfecto en algunas de sus capacidades, pero, precisamente por eso, no puede encontrar a ningún semejante, nadie puede reconocerle como un igual en humanidad. Y el hilo conductor de la novela es la búsqueda desesperada de un igual en quien poder reconocerse, a quien poder estimar y de quien recibir estima. Al final del relato el monstruo maldice a su creador por haberle creado con un gran anhelo de felicidad y sin los medios para satisfacerlo: le ha dado grandes capacidades, pero no la posibilidad de encontrar a un igual con el que compartir vida y destino, no hay derecho a crear a un ser sin ofrecerle a la vez los medios para ser feliz.

Ese era en realidad el mensaje de Mary Shelley: que los miembros y los órganos de un ser humano, incluido el cerebro, pueden ser muy perfectos, pluscuamperfectos, pero nada garantiza que su vida sea una vida buena si no puede contar con otros entre los que saberse reconocido y estimado.

“El ángel rebelde -dirá el monstruo de Frankenstein- se convirtió en un monstruo diablo, pero hasta ese enemigo de Dios y de los hombres cuenta en su desolación, con amigos y compañeros. Yo estoy solo”.

Tal vez este debiera ser el mensaje de una Neuroética pensada en serio, prometedora en tan gran cantidad de posibilidades, cuidadosa de esa dimensión del reconocimiento mutuo sin la que la felicidad flaquea. Tal vez sea ese el modo de superar el fracaso de Frankenstein en un proyecto de vida, no tanto más perfeccionada, como buena.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia. Su última obra es Justicia cordial.

Fuente:http://elpais.com/diario/2010/10/17/opinion/1287266405_850215.html

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La Dra Adela Cortina participa del ciclo “Neurociencia para psicólogos” (ver programa).-

 

 

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¿Qué neuro-revolución? el público piensa que la neurociencia es irrelevante

Por : Cristian Jarret

Me parece que el interés en el cerebro se ha disparado, visto las enormes inversiones en neurociencia hechas por USA y Europa (BRAIN y HUMAN BRAIN PROJECT),  el aumento de noticias relacionadas con temas de neurociencia y, sobre todo, me he dado cuenta de que periodistas y bloggers a menudo encuadran sus historias como si se tratara del cerebro opuesto a la persona.

Veamos estos titulares recientes: ““¿Por qué tu cerebro adora las buenas narraciones?”(Harvard Business Review); “Como Netflix está cambiando nuestros cerebros y por qué esto puede que no sea bueno”(Forbes); y¿Por qué tu cerebro quiere ayudar a un niño necesitado pero no a millones?”  (NPR). Hay cientos más, y en cada caso, el titular podría ser acerca de “tí” pero el que escribe elige que sea acerca de “tu cerebro”.

Tomemos también en cuenta nuevos campos de trabajo como el neuroliderazgo, la neuroestética y la neurociencia forense. Solo era una cuestión de tiempo antes de que alguien anunciara que estábamos en mitad de una neuro-revolución y en 2009, fué Zach Lynch quien lo hizo, publicando su The Neuro Revolution : How Brain Science is Changing our World.-

Habiendo dicho todo esto, soy consciente de que mi propia perspectiva está fuertemente sesgada. Me gano la vida escribiendo sobre neurociencia y psicología. Estoy al día en este tema, pero puede que las inversiones en investigación y los titulares obsesionados con el cerebro sean absolutamente intrascendentes para el gran público. Recientemente ahondé en estas cuestiones y me sorprendió lo que encontré.

No hay mucha investigación al respecto, pero la que existe (como ésta, sobre el cerebro adolescente) sugiere que la neurociencia aún no ha impactado en el día a día de la gente. De hecho he incluido como mito #20, en mi nuevo libro Great Myths of the Brain el siguiente : “La neurociencia está transformando el autoconocimiento de la humanidad”

Y ahora, hay todavía más evidencia de que la neuro-revolución está en suspenso. Cliodhna O´Connor y Helen Joffe de UCL en Londres han publicado los resultados de 48 entrevistas y su principal hallazgo es que la gente siente que la neurociencia es irrelevante para ellos. Las investigadores armaron la muestra en base a diferencias sociales, tanto en edad como en género. La mitad leía periódicos tradicionales y la otra mitad tabloides. Ninguna tenía formación formal en neurociencia o psicología. Los participantes fueron entrevistados durante una hora y media acerca de qué ideas se les ocurría cuando pensaban en temas de investigación sobre el cerebro.

O´Connor y Joffe observaron que una característica de las entrevistas fue el desconcierto y malestar de los participantes sobre el tema. La gente decía que la ciencia del cerebro es interesante, pero el 71% pensaba que no era relevante en sus vidas. La mayoría decía no haber encontrado información sobre neurociencia en los medios. Simplemente, para ellos la investigación sobre el cerebro era vista como una rama de la ciencia, que era parte de un mundo remoto; “Me hace pensar en la típica imagen de un hombre raro con guardapolvo blanco” dijo una mujer.  Un hombre comentó ” Me imagino un mono o un perro con la cabeza llena de electrodos”.

A pesar de que la mayoría de los participantes consideraba a la neurociencia como algo sin importancia, la excepción a la regla fue su propia experiencia en enfermedades neurológicas o psiquiátricas o su miedo a sufrirlas. En este caso, el cerebro era una fuente de ansiedad, un órgano ignorado que salía a la luz cuando algo iba mal.

Para esta gente, la neurociencia era vista como una rama de la medicina. De hecho usaban términos como “neurociencia” y “neurocirugía” o “neurocientífico” y “neurólogo” en forma indistinta. Estaban especialmente preocupados por la demencia, el cáncer cerebral y el ACV.

Para aquellos participantes que habían sufrido enfermedades mentales, la neurociencia aparecía como si hubiera legitimado sus problemas, sostenido en la creencia de que la enfermedad mental es solo un balance neuroquímico. (Mito#41 de mi libro).

“Me deprimía severamente. Pero, por supuesto, como no conocía que la razón era puramente química, lo tomé como que así eran mi vida y mis sentimientos reales” , dijo un hombre lector habitual de periódicos.

En sus conclusiones, O´Connor y Joffe dicen : ” Parece que a pesar de la preeminencia de la neurociencia dentro de las instituciones publicas como los medios de comunicación, la investigación aún no ha  alcanzado a impactar en el repertorio conceptual del ciudadano promedio”. Y agregan “El conocimiento neurocientífico, simplemente no cumple ninguna función psico social de importancia

Una teoría por la que explican este desapego es que la gente prefiere no pensar en como trabaja su cerebro. Para  apoyarla, se basan en algunas afirmaciones de los participantes, acerca de que no les agradaba pensar en lo que pasa dentro de su cráneo. “La gente se resiste a contemplar lo que pasa en su cuerpo” escriben O´Connor y Joffe. ” Como resultado, el conocimiento neurocientífico queda apartado de su vida diaria”. “Una neuro-sociedad es más una fantasía teórica que una realidad”.

Por supuesto, este nuevo estudio viene con una advertencia- era una muestra pequeña tomada en una cultura particular -. Sería interesante ver que pasa si se replica en otras ciudades. Si lo hacen y los resultados son los mismos, me preguntaría por qué los periodistas son entonces tan afectos a envolver sus artículos en cuestiones cerebrales y por qué los vendedores están usando el cerebro como una marca tanto en neuromarketing como en neuroliderazgo. ¿Acaso se están equivocando?

 

Fuente: http://www.wired.com/2014/11/neuro-revolution-public-find-brain-science-irrelevant-anxiety-provoking/

Traducción : Raquel Ferrari

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A la pregunta de Jarret ¿Se están equivocando?, la respuesta es- en mi opinón- que no, no se están equivocando. Creemos que  se trata de dos cuestiones diferentes. Por una parte, hay un evidente abuso, una frivolización del tema, pero también es cierto que las investigaciones científicas puras siguen estando alejadas del día a día de las personas. Y está bien que así sea.

No se están equivocando, están siguiendo una tendencia y aprovechando un filón informativo que suponen más rentable, pero ya pasará. Clásicamente se ha discutido si los medios construyen opinión pública o si la reflejan. En este tema, es posible que esten construyendo opinión, por lo que es lógico que el gran público no termine aún de aceptar masivamente estos temas.

Quizás se trate de no confudir la divulgación como producto de consumo, que supone acercar al lector en un lenguaje accesible información relativa al funcionamiento del cerebro, con la tendencia al reduccionismo biológico como forma de legitimar contenidos en temas como el management o el marketing.

Como consecuencia del abuso de términos como “evidencia” y el desprestigio de conceptos tales como  “subjetividad”, “mente” , “sociedad”, “historia”, “conflicto” hemos caído en la simplificación burda de los aportes innegables que el estudio del cerebro está produciendo en la medicina y la psicología, pero también en las ciencias sociales.

Ya no dan el pego los artículos  estilo “Le Monde Diplomatique”. No se venden libros sobre cuestiones sociales o filosofía. Todo debe ser de rápido entendimiento : me deprimí porque voy escasa de serotonina, la gente vota de derechas cuando su amígdala dispara la señal de miedo, mató al gato porque su corteza pre frontal estaba dañada.

Y de allí a creer que “es más serio” hacer referencia a  la “gratificación”, la “memoria episódica” o  la “corteza pre-frontal” y que esto será más aceptado, hay solo un paso. La investigación que comenta Jarret llega a una conclusión obvia: la vida de la gente no ha cambiado porque ahora escuchen hablar más sobre sus cerebros. Y no cambiará, como no ha cambiado por saber que existe la vacuna contra la poliomielitis o que el cáncer ya no mata tan a menudo.

Las representaciones sociales de los grandes temas que mueven a los grupos están hechas de palabras que agrupan prejuicios, información fragmentada, miedos y expectativas y no de evidencias acerca del funcionamiento de neurotransmisores y conexiones neuronales.

Y eso es válido también para la narrativa acerca de nuestra propia historia y de las razones de los que nos pasa. Por eso no pasa ni pasará el que nadie sienta que está inmerso en una epifanía colectiva por leer un artículo sobre Netflix o porque le expliquen como elige su cerebro en las góndolas del supermercado.

No se trata, como dicen las autoras,  de que la gente tema saber que pasa dentro de su cabeza, simplemente no necesita saberlo, como no necesita conocer las leyes de la física que explican que tenga agua corriente en su baño o las de la mecánica que actúan cuando enciende su automóvil cada mañana. Pero, sobre todo en las ciencias sociales, existe un complejo de patito feo que impulsa a adoptar un lenguaje “neuro”.

La neurociencia es un área de estudio de máximo interés, que seguramente aportará cambios fundamentales en la prevención primaria, secundaria y terciaria de enfermedades psiquiátricas y neurológicas en las próximas décadas.  Suponer que  este conocimiento eliminará la importancia de lo social, lo cultural o los procesos mentales o afectivos es reducir la importancia de estos temas en un intento de biologización destinado al fracaso.

Raquel Ferrari

 

 

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