John Read: el sentido de la locura

 

John Read, una de las voces actuales más transgresoras en los temas de salud
mental, estará en Barcelona del 16 al 19 de mayo para dar entrevistas

 

Una historia sólo para empezar
Una joven madre pasa las noches en casa pensando en su problema. Sus dos hijos, dedos y cinco años, están durmiendo y su marido trabaja en el turno de  noche en una mina de carbón. Le preocupa el curso reciente de su vida y noche tras noche no es capaz de pensar en nada más. A medida que pasan las semanas, descubre que está discutiendo estos pensamientos con su propia cabeza que, como por milagro, aparece en la esquina del techo de su dormitorio.

Después de varios meses de discusiones, la madre y su cabeza sin cuerpo llegan a una solución: lo único que tiene que hacer es quitarse la vida.

Pero esta solución genera otro problema ¿qué pasará con los niños?

Dejarlos atrás sería cruel. Tras hablar con su cabeza, encuentra la solución: primero matará a sus dos hijos y luego acabará con su propia vida.
Parece claro y sencillo pero la mujer siente que algo no encaja. Decide visitar a su médico de cabecera pero no quiere explicarle las discusiones
que ha mantenido con su cabeza.

Le menciona otro problema que ha estado experimentando: está convencida
de que su forma de caminar es extraña y que al andar inclina su cuerpo hacia un  lado.

El médico le pide que camine por la consulta y no nota nada extraño.

Nota que la joven está alterada y le receta un fármaco que ella acaba no tomando.
Convencido de que tiene un problema de salud mental, le dice que la tendrá que enviar a un hospital mental para que la visiten.

Ella lo recibe como una amenaza velada, se asusta más y decide no decir nada acerca de sus problemas ni de sus conversaciones con la cabeza sin cuerpo.

Al final la joven no acaba con su vida ni la de sus hijos. En cambio, decide
abandonar a su marido. Al cabo de un tiempo de haberlo hecho, descubre que las discusiones con su cabeza han desaparecido y deja de tener la sensación de que se inclina hacia un lado al caminar.
Entender a los pacientesCualquier interpretación de la locura que pase por alto la experiencia subjetiva del individuo

Cualquier interpretación de la locura que pase por alto la experiencia subjetiva del individuo es incompleta. Para el psicólogo John Read, coautor de El sentido de la locura, es insensato pensar que sólo los “expertos” están capacitados para hacer observaciones sobre las experiencias de locura. Este enfoque ha llevado a la estigmatización de los enfermos, como en la historia planteada más arriba, en la que el médico nunca llega a saber que la mujer dialoga con una cabeza sin cuerpo.

Los pacientes son silenciados y se les excluye de las discusiones sobre la naturaleza de la experiencia.

Es como si las únicas personas capaces de explicar de verdad a qué sabe
el chocolate fueran las que nunca lo han probado. La experiencia subjetiva de la locura tiene una importancia crucial, a pesar de haber sido dejada siempre de lado.
John Read, una de las voces actuales más transgresoras en el campo de la salud
mental, propone un nuevo planteamiento: primar los procesos terapéuticos
psicológicos en el tratamiento de los pacientes con experiencias de locura por
delante de los farmacológicos.

Para el autor, resulta fundamental dar valor a la experiencia del paciente y la medicalización de la mente se sitúa a las antípodas de este reconocimiento.

Las grandes farmacéuticas han intentado silenciar su voz.

 

John Read es psicólogo clínico. Tras completar su formación y después de muchos años dedicándose a esa profesión y haciendo de gestor de servicios de salud mental en los Estados Unidos, el Reino Unido y Nueva Zelanda, aceptó un puesto en el Departamento de Psicología de la Universidad de Auckland, donde ejerce la docencia desde 1994. Es editor de la obra colectiva Modelos de locura, publicada por Herder.-

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Acerca de rferrar

Lic. en Psicología, psicoterapeuta, experta en psicología de Internet y Ciberpsicología. Interesada en el cambio de paradigma que la neurociencia plantea a los profesionales psi.-
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2 respuestas a John Read: el sentido de la locura

  1. José Miguel Pueyo, psiconalista dijo:

    John Read, o cuando el descubrimiento de lo conocido
    se conjuga con aciertos y limitaciones clínicas y terapéuticas

    Por José Miguel Pueyo, psicoanalista

    John Read
    Foto de Kim Manresa

    Pese a que John Read no es un personaje demasiado conocido en los ámbitos de la llamada salud mental, merece hoy nuestra atención por sus consideraciones, paradójicas y contradictorias así como acertadas en ocasiones, sobre las afecciones psíquicas y su tratamiento. Psicólogo clínico especializado en abusos sexuales y psicosis, Read nació hace 60 años en Londres, y vive hoy en Nueva Zelanda. Casado, es padre de dos hijos, de 18 y 23 años; abraza los ideales socialistas, y de seguir creyéndole, carece de creencias religiosas. En cuanto al asunto que en esta ocasión lo convoca, Read comenta al periodista Víctor-M. Amela algo que podría subscribir cualquier psicoanalista, como es que «las conductas infrecuentes en el seno de una cultura las llamamos ‘locura’: son sólo un mensaje.»

    Es por el mismo Víctor-M. Amela, quien entrevistó a Read para («La Contra» de La Vanguardia, 26/05/2012: «Si oyes voces y ves visiones…, ¡no estás mal de la cabeza»), que conocemos que «ha superado el trauma psicológico de una familia disfuncional y un abuso sexual en la infancia». El suceso, prosigue el entrevistador, además de «Sus vivencias y su curiosidad lo llevaron a investigar la psique humana y a estudiar eso que llamamos locura». El mismo periodista informa que este psicólogo está convencido de que «lo mejor es tratar amorosamente a pacientes a los que hemos etiquetado como psicóticos y esquizofrénicos», y que lo «argumenta en libros como Modelos de locura o El sentido de la locura, (Barcelona: Editorial Herder, 2012)». «Este Read ¬-¬¬concluye Víctor-M. Amela- me ha parecido muy cuerdo.»

    Poco podemos decir sobre la cordura de John Read, pues no lo conocemos suficiente y sobre todo porque no ha pasado por nuestro diván. Sin embargo, de sus ideas acerca del ser humano, la locura y su tratamiento podemos decir alguna cosa. Así es tras leer su último libro, el mencionado Modelos de locura o El sentido de la locura, un trabajo que por no diferir de lo que el autor dice a Víctor-M. Amela en la entrevista también mencionada, nos permitimos apoyarnos en ella para, como acabo de apuntar, comentar sucintamente algunas de sus ideas clínicas y terapéuticas.

    ¿Qué es la locura? ─Esta es la primera pregunta de Víctor-M. Amela a John Read─.
    El término para definir comportamientos inusuales en el seno de una cultura, ─responde el psicólogo londinense─.
    [Comentario de José Miguel Pueyo (en lo sucesivo: J.M.P). Por más de un motivo cabe discrepar de la afirmación de que los comportamientos inusuales son un signo de locura. ¿Qué comportamientos son inusuales en el mundo globalizado e hipermoderno que nos ha tocado vivir? y ¿qué comportamientos inusuales permitirían diagnosticar a una persona de loca? Sin duda no es inusual orinarse en algunas ciudades de nuestra antigua y hoy venida a menos Europa, pero hay personas proclives a ese incívico comportamiento y que no por eso sufren una psicosis. Inusual es también, un poco menos quizá en España, robar a espuertas, esto es robar a lo Mario Conde, Luís Roldán, Antonio Camacho, Félix Millet, Jordi Montull o Iñaki Urdangarín, etc, etc., y sólo por un abuso discursivo se calificaría a tan siniestros e hipermodernos individuos de locos. Otro ejemplo: levantar una basílica cristiana en el seno de una comunidad islámica puede ser entendido, más allá de una gran temeridad, como el acto de un enfermo mental, cuando se trata más bien de lo primero. Por último, ¿qué margen deja Read a la creatividad, a la invención con su idea de lo «inusual»? Del modelo de diagnosis de este psicólogo clínico, en suma, mejor olvidarse].

    ¿La locura… es cultural?
    ¡Claro! Conozco a fondo la cultura maorí, y sé que en esa cultura no es síntoma de locura oír voces.
    [J.M.P. Contrariamente a lo que afirma Read, la locura no es sólo ni sustancialmente cultural, tanto más en el sentido antropológico que insinúa. Víctor-M. Amela insiste en el asunto cultural de la locura, circunstancia que permite conjeturar que no le convenció, al menos del todo, la primera respuesta de su entrevistado. Escuchar lo que uno dice o escribe, a diferencia de lo que habitualmente se afirma, no es nada fácil, y quizá hubiera bastado para advertir que por más que los maorís crean que las personas que oyen voces no están locas eso no significa que la gente de esa etnia polinesia sepa lo que dice y menos aún que su opinión al respecto, y en consecuencia la opinión de Read, tenga algún valor y pueda elevarse al grado de lo universal. En esa etnia habrá, como en nuestras hipermodernas ciudades, personas que oyen voces y no por ello están locas, pero sin duda existirán otras que oyen voces y que están locas de atar, como ordinariamente se dice. (Read cae en el mismo grave error que su compatriota, el antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942), quien seducido por los aspectos fenomenológicos de las familias que estudiaba le pasó por alto la estructura de las mismas; y si bien es cierto que no negó la existencia del complejo nuclear de las afecciones psíquicas, o sea, el complejo de Edipo, sostenía su variabilidad en función de la constitución familiar en las distintas formas de sociedades, idea que anulaba las hipótesis freudianas de la universalidad de ese complejo de deseos, así como del parricidio del padre de la horda primitiva (urvater). El error de Malinowski fue explicado, entre otros, por un no menos conocido antropólogo, el belga Claude Lévi-Strauss, 1908–2009)].

    ¿No?
    Aprenden desde niños [los maorís] que eso encaja en la normalidad…, ¡y nadie se asusta! Nadie cree que uno esté loco sólo por oír voces…
    [J.M.P. La identificación a una construcción sociocultural (que recoge la expresión «eso encaja en la normalidad»), en este caso la identificación de los maorís a un aspecto de su cultura, tampoco es un argumento válido. Se conoce que la locura va por barrios y que esto no anula su existencia, y es igualmente conocido que en algunos barrios se aceptan locuras que en otros se rechazan radicalmente. Todo indica que la epistemología, al menos hasta aquí, interesa poco a Read; y tampoco cae en la cuenta de la existencia de la «locura compartida», esto es, de lo que los franceses llaman folie à deux, que podría aplicarse a algunos maorís. (En este síndrome psiquiátrico un fenómeno, habitualmente psicótico, como el delirio paranoico, se transmite de una persona (el inductor) a otra (el secundario o receptor), y cuando es compartido por más personas recibe el nombre de folie à trois, folie à quatre, folie à famile o folie à plusieurs o sea, de muchos)].

    Aquí sí, aquí te llevan al médico…
    Allí entienden. Lo agradeces…, ¡y a otra cosa!
    [J.M.P. A los maorís, contrariamente a lo que se nos dice, no les trae sin cuidado oír voces. Veamos la cuestión. «Un ancestro acude a ayudar» a un maorí que oye voces. Pero dado que Read no dice de qué ayuda se trata lo diremos nosotros: si los maorís están agradecidos a las voces es, entre otras cosas pero fundamentalmente porque pueden traer bajo el brazo una promoción social. Y es que por las voces, y sin duda por otros factores, pero básicamente por estar loco, una persona de esa y otras etnias primitivas no contaminadas por la cultura, como diría Rousseau, deja de ser un mero miembro de la tribu para convertirse en brujo, en chamán-médico de la misma, obviamente siempre que los demás miembros de la tribu así lo decidan. Insiste pues Read en mostrarnos su levedad epistemológica, que conjuga con un relativismo etnológico sólo defendible desde un deficiente conocimiento de la historia de la locura].

    Pues si yo oigo voces, ¡sí me espantaré!
    Porque te han enseñado que eso es estar mal de la cabeza, enfermo, y te internarán, tratarán…: vives con ese relato miedoso.
    [J.M.P. No necesariamente internan a una persona en un hospital psiquiátrico por oír voces. La cuestión es ¿de qué voces se trata, las voces de algún familiar muerto, las de la vecina…? Read olvida o desconoce que si algo saben los psiquiatras es discernir las reflexiones en voz alta de una persona que no sufre un trastorno psíquico, de las voces que oye quien padece una psicosis, voces estas últimas que conciernen y aun comprometen a esa persona (voces que le dicen «eres un mierda», «no vales para nada», «ese individuo te quiere mal», por ejemplo). Por otra parte, no es infrecuente que el psicótico converse, se aterre o se ría ante las voces que lo asedian, voces que frecuentemente le hacen vivir una historia en la que él mismo está implicado como personaje o como espectador].

    Oír voces, entonces, ¿no es patológico?
    Para la especie humana, no es nada raro oír voces y ver visiones: ¡es parte de nuestra naturaleza! El 15% de la gente oye voces.
    [J.M.P. Este tipo de aseveraciones, sobre manera por no diferenciar lo normal de lo patológico, más que aclarar las cosas las complican y, por otra parte, banalizan al psicótico no menos que al sujeto considerado normal. Las visiones, en la acepción de la alucinación como fenómeno psicótico, no son equiparables a las visiones que puede tener una persona en un sueño o en estado de duermevela, por ejemplo, y cabe diferenciarlas asimismo de dèjà vu, del fenómeno de lo ya visto. Resumiendo, «oír voces y ver visiones» no es, contrariamente a lo que se sugiere, un signo de salud psíquica y sí frecuentemente de locura].

    No sabía esto, explíquemelo…
    Mire, el 80% de las personas mayores de 60 años que han perdido a su pareja o a algún ser muy querido… ¡lo oirá o lo verá en algún momento durante el primer año de duelo!
    [J.M.P. Ese porcentaje no es fiable. Además, hubiese bastado con introducir el deseo, también el amor y aun el odio hacia la persona fallecida, para que los lectores de esta «Contra» de La Vanguardia advirtieran, si no lo han hecho ya, que en las voces y en las visiones se trata de una manifestación del deseo de la persona que ha perdido a un ser querido].

    ¡¿Tantas personas?!
    Pero preferimos no comentarlo con nadie…
    [J.M.P. Los analizantes (o sea, las personas que están en tratamiento psicoanalítico) hablan de esas y otras cosas a su psicoanalista. Se conoce, además, que algún/a visionario/a puede relatar experiencias de esa naturaleza, por demás imaginarias, en petit comité, preferiblemente con gente de la parroquia, pero también hay quien con desmedida desfachatez y un narcisismo desbordante no se arredra en hacerlo en cenáculos dispuestos para engatusar a crédulos y/o desesperados].

    ¿Le ha pasado a usted?
    Un buen amigo mío se mató en accidente de coche… Lo lamenté tanto… Al día siguiente se me apareció, vino a despedirse de mí…
    [J.M.P. Lejos de lo que se pudiera pensar, lo destacable aquí no es «…se me apareció» sino «Lo lamenté tanto…». Me acercaré a esta cuestión por el lado del deseo].

    ¿Hay explicación científica?
    Lo primero es aceptar el hecho sin problematizarlo, pues lo que ayuda no es saber cómo sucede, ¡sino dilucidar qué significa!
    [J.M.P. Como acabo de señalar, lo subrayable es la expresión «Lo lamenté tanto…». Y como dice Read, se trata de «¡… dilucidar qué significa!» Todo sugiere que fue la amistad, el cariño por su amigo lo que hizo pensar a Read que su amigo regresaba, como era de esperar de un verdadero amigo, para despedirse de él. Resulta evidente que el deseo de Read determinó la «aparición». Deseos parecidos, por lo demás, no son ajenos a los sueños llamados premonitorios, pues como decía Freud, en los sueños premonitorios el deseo del soñador determina la premonición. Por consiguiente, no es suficiente con «aceptar el hecho sin problematizarlo» para saber de qué se trata. Tampoco se trata siempre de que el paciente (en nuestro caso habría que hablar de ‘analizante’) comprenda esto o aquello, pues la clínica enseña que la comprensión, el sentido cierra la posibilidad de nuevos descubrimientos, y de ahí la relación sentido-religión, o sea, que en el fondo todo sentido sea religioso. Además, la interpretación por el sentido se revela no pocas veces impotente frente al goce mortificante del síntoma. Es más, el sentido puede alimentar a los síntomas más que disolverlos, alimento que ordinariamente propicia el Discurso Universitario, pues la explicación es la característica fundamental de este discurso, de un discurso que suele ser tan estéril frente al síntoma como las órdenes y la persuasión propias del Discurso del Amo].

    ¿Y qué significa?
    ¡Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive! Pero el psiquiatra, en vez de escuchar al paciente…, ¡lo dopa! Debería ver cómo encaja el mensaje en su relato vital.
    [J.M.P. Habitualmente es así. Sin embargo, la escucha no lo es todo. Por otra parte, Read no explica qué entiende por escuchar y menos aún desde dónde escucha a sus pacientes (desde la conciencia, desde una teoría, desde su manera de ver el mundo…), y se reserva asimismo la respuesta que considera adecuada para quien sufre una afección psíquica. En cuanto a la afirmación el «psiquiatra… dopa al paciente», si bien suele ocurrir así, la demonización de la farmacología requiere otras y más precisas consideraciones. En el pensamiento de este psicólogo se reconoce más de un problema irresuelto. Uno fundamental es su resistencia intelectual y tal vez también afectiva a los conceptos que vienen al caso y que darían luz a las cuestiones que sin éxito, por esa razón también, pretende aclarar. Este psicólogo, quizá por serlo, omite conceptos como ‘escucha psicoanalítica’, pues debe entender que hablar de «escucha» es suficiente; censura asimismo ‘novela familiar y discurso del inconsciente’, pues habla de la locura como «un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive»; y se complace con expresiones del tipo «quien lo vive», fútiles por obviar que el ‘sujeto psicótico está determinado y denuncia con sus síntoma, no menos aunque de distinto modo que el sujeto normal, el neurótico y el perverso, por/el inconsciente que lo habita’. La obliteraron constituye aquí una falta de consideración al lector, tanto más de «La Contra» de La Vanguardia, y puede producir la desorientación de algunas personas asiduas a esa página, ya que al eludir el marco teórico al que pertenece alguien podría pensar que este psicólogo presenta alguna novedad en el campo de la salud psíquica].

    ¿Lo llamamos locura… y es un mensaje?
    Sí. El psiquiatra debe lograr, con humildad, sensibilidad y paciencia, que el paciente se convierta en autor del relato de su vida…
    [J.M.P. La humildad, la sensibilidad y la paciencia son, sin duda, cualidades que preocupan a los psicoterapeutas y no son indiferentes a los psiquiatras, al menos a los acólitos de la orientación humanista, cualidades que trasudan como otros expertos, en ocasiones de forma deliberada, en el tratamiento, y que no dejan de hacer ostentación de ellas en coloquios y conferencias. Esas cualidades («la humildad, la sensibilidad y la paciencia») pueden adornar también al psicoanalista, pero en modo alguno son requisitos para el tratamiento psicoanalítico, ante todo porque no definen su función en el tratamiento. La afabilidad, no menos que el amor y el odio, las expende el psicoanalista con mesura y siempre «caso por caso». El psicoanalista no eleva la afabilidad a categoría general como podría hacer, con escaso criterio clínico, el psicólogo o el psiquiatra. Intervenir de manera distinta podría propiciar la transferencia positiva y sus indeseables consecuencias: la identificación del paciente con el modo de ver el mundo el psicoterapeuta, o la perpetuación de la dimensión sugestiva de la misma, por ejemplo. El psicoanalista es menos libre en la estrategia, dado que el lugar en la transferencia se lo otorga el analizante, que en la táctica, por concernir está a sus actos, entre los que destaca la interpretación. Con todo, la docta ignorancia y la neutralidad controlada, siempre en la perspectiva de la clínica del «caso por caso», es lo que hace del psicoanálisis una psicoterapia distinta a las demás, lo que quiere decir que el psicoanalista se aleja de la ideología, de la impostura y el engaño que caracterizan, en no pocas ocasiones a gurús, sanadores, expertos, psiquiatras…

    ¿Y no lo hacen así los psiquiatras?
    En España, los profesores universitarios de psiquiatría ¡cobran de la industria farmacéutica! En estas condiciones…, me daría vergüenza ser psiquiatra en España.
    [J.M.P. No es así, aunque ha sido una práctica habitual. Sea como fuere, la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios (Real Decreto-Ley 9/2011, de 19 de agosto, modificación de la Ley 29/2006, de 26 de julio) prohíbe «el ofrecimiento directo e indirecto de cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios de los laboratorios a los médicos y a los farmacéuticos». El cohecho está sancionado con multas de 30.001 a 90.000 euros. Por otra parte, la inspección es potestad de las autonomías. Madrid, por ejemplo, tiene un sistema para detectar si un médico receta demasiado de una marca, y de ser así se procede a una investigación, que muchas veces, es igualmente cierto, se queda en agua de borrajas].

    ¿En el resto del mundo no es así?
    También en Estados Unidos… Y me abochorna que dilapidemos fortunas buscando el gen de la locura, de la esquizofrenia: ¡no existe! No hay raíz biológica de la locura.
    [J.M.P. Hay que estar totalmente de acuerdo en esto; y es sabido que la literatura amarilla se cuela más de lo deseable en las revistas científicas. A fines de 1988 el equipo del doctor Hugh Gurling, del University College and Middlesex School of Medicine, en Londres, publicó en la prestigiosa revista Nature un extraordinario descubrimiento: el gen de la esquizofrenia. Con inaudita jactancia cientifista, los investigadores londinenses afirmaban tener un marcador que revelaba que el gen de la esquizofrenia se hallaba en el brazo largo del cromosoma 5. Pocos meses después otros investigadores, en esta ocasión de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, encabezados por el doctor Kenneth Kidd, desacreditaron aquellas afirmaciones en razón de que sus investigaciones no habían encontrado la relación que presentaban sus colegas ingleses. En realidad, quien busca el gen de la locura se coloca en la misma posición ideológica que las personas que otrora pensaban que la locura se hallaba en la masa encefálica en forma de piedra. Tamaña imaginarización de la realidad quedó recogida magníficamente por el pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen, más conocido como El Bosco, en su cuadro satírico «La Extracción de la piedra de la locura», pintado entre el 1475 y 1480, y que puede admirarse en el Museo del Prado].

    ¿Dónde debemos buscar, pues?
    En el propio relato del paciente, insisto. Darle drogas antipsicóticas… ¡sí es una locura!
    [J.M.P. Read relaciona en repetidas ocasiones la locura con un mensaje: «’locura’… sólo un mensaje», y en otro lugar sostiene que la locura «Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive». Pero estas expresiones no permiten comprender cuál es su idea de la causa de la locura; mientras que al afirmar que («No hay raíz biológica de la locura») sólo incide en algo conocido. Cierto es que «No hay raíz biológica de la locura», mas lo que corresponde decir es algo que Read elude: que toda afección psíquica es un hecho del lenguaje y del goce. Esto lo sabemos desde Freud. Es decir, por el primer psicoanalista conocemos algo que constatamos los psicoanalistas un día sí y otro también: que es en el temprano tiempo del complejo de Edipo, y merced al entrecruzamiento de los deseos del niño y los deseos de sus padres o de las personas que están en su lugar, que se conforma la subjetividad de cada uno de nosotros, esto es, la manera de ser en el mundo y la también particular elección de objeto sexual; aspectos fundamentales y esenciales del ser humano que, por lo demás, el psicoanalista francés Jacques Lacan demostró con todo lujo de detalles y defendió como se merecían].

    ¿Tan contraproducentes son?
    Perjudican más que benefician, por lo que deberían prohibirse. ¡Acortan diez años la vida del paciente así medicado!
    [J.M.P. No siempre es así. Ahora bien, lo que debería prohibirse son las prácticas clínicas que, cobijadas en la demagogia, la hipocresía y un falso humanismo, promueven la idiotez en las personas que tienen la magra suerte de sufrir una afección psíquica. Las drogas son en muchos casos necesarias, pero es escandaloso que para dar cuatro pastillas, como habitualmente se dice, una persona tenga que cursar siete años de carrera universitaria (cinco de medicina y dos de la especialización en psiquiatría). Ese currículum universitario es innecesario desde todo punto de vista, y constituye, entre otras cosas incluso peores, una estafa para el erario público y, por ende, es las más de las veces lesivo para el malogrado paciente].

    ¿En qué casos sí benefician?
    Sólo para tranquilizar al paciente durante una crisis: eso es sólo un tercio de los casos.
    [J.M.P. En efecto. Engaña y abusa del poder que le confiere la transferencia (esto es, abusa de la delegación de poderes del paciente al experto: usted debe saber la causa de mi sufrimiento y qué debo hacer −en muchos casos ‘tomar’− para curarme, por ejemplo) quien no dice que las pastillas sirven para lo que sirven: para «tranquilizar durante una crisis», por ejemplo. No otra cosa debería oír el paciente del psiquiatra, pues esa es la condición primera para no enmascarar perpetuamente los síntomas y, por supuesto, para no estar fuera de la realidad y en la ignorancia absoluta, como sería creer que las pastillas curan. En dable recordar que en ocasiones los pacientes hacen el caldo gordo a los especialistas (sin duda de otra cosa de la que presumen), pues se ofrecen como objeto del goce del psiquiatra, del psicólogo, del gurú, del yogui, del sacerdote, del sanador… ¿A qué responde ese paradójico comportamiento? Ser el objeto del goce del otro va bien, curiosamente, a algunos pacientes. El hecho es que esa posición masoquista permite seguir gozando en el sufrimiento, seguir siendo gozados, habría que resaltar, por la pulsión de muerte que los habita, por una pulsión muchas veces comandada por el miedo, la vergüenza y/o la culpabilidad. Es pues el paciente quien crea un amo en quien reinar, un amo a la medida de su goce, ahí donde los expertos creen que son ellos los amos por méritos propios].

    ¿Aconsejaría a los pacientes abandonar ahora mismo los antipsicóticos?
    ¡Que nadie deje a solas la medicación! Es arriesgado. Dialogad con el psiquiatra y pedidle ayuda para contactar con grupos de terapias mentales sin fármacos, que los hay.
    [J.M.P. Ambiguo, contradictorio y por demás ingenuo se muestra Read en estas afirmaciones. Dice que «Es arriesgado… dejar a solas la medicación», o más exactamente, que es arriesgado dejar la medicación sin la aprobación del psiquiatra; pero entonces habría que preguntarle en qué casos es arriesgado y en qué circunstancias. Algo sabemos: que da el poder de decisión a quien recién se lo ha había quitado, al psiquiatra, con el que para más inri dice que hay que dialogar. Todo hace pensar que desconoce que el psiquiatra no está solo en el mundo, que no son pocos los psiquiatras que comandan grupos de psicólogos de «terapias mentales…», habitualmente adscritos al cognitivo conductual, psicólogos que siguen fielmente la voz del amo, y cuya desorientación teórica, clínica y ética queda demostrada en no haber podido diferenciar el ser humano de los ratones, en suma, por hacer etología la clínica].

    ¿Cómo trata usted a sus pacientes?
    Un caso: uno llevaba treinta años medicándose porque se sentía observado y espiado y quería convertirse en mujer. Me bastaron seis meses conversando con él para entrar en su lógica y ayudarle a mejorar.
    [J.M.P. No hubiese estado de más que Read explicara qué entiende por «entrar en la lógica» del paciente. Sin embargo, en lugar de atender a los principios epistemológicos y a la deferencia que se debe a las personas que trabajan en su campo, lo único que nos ofrece son palabras huecas, vacías de significado al modo que suelen hacerlo los sanadores y cuantos individuos se llenan la boca con las palabras que tocan la fibra sensible de la gente, como amistad, amor, humildad, armonía, concordia, piedad, afabilidad, comunión espiritual…. No son pocos los que con esas palabras ponen a buen recaudo sus denostables supercherías, y del mismo modo que pretenden zafarse así de los críticos, a los que califican de intolerantes, se vengan de la fe, la desorientación y la ingenuidad del prójimo].

    ¿Conclusión?
    La buena calidad de la relación terapeuta-paciente es lo más curativo que hay. ¡No existe mejor medicina!
    [J.M.P. Read no desea abandonar las generalizaciones. Todo indica que ignora que no es aconsejable propiciar la transferencia positiva en aras de un siempre más que supuesto beneficio terapéutico, y que mostrar los sentimientos y deseos al paciente puede ser un grave obstáculo para la disolución de las identificaciones patógenas del ámbito sociofamiliar que han configurado su manera de ser en el mundo. Por consiguiente, no conviene encontrar en el psicoterapeuta a un padre o a una madre, y no sólo porque el lugar de padre o de madre los otorga el paciente al psicoterapeuta en la transferencia (sin ser consciente de ello transfiere en el tratamiento sentimientos y relaciones de su historia al terapeuta). En resumen, nada peor que introducir en el tratamiento actitudes de esos personajes (padre severo, madre afable y bondadosa, por ejemplo) se introduce un grave obstáculo a la curación, que es tan como decir que se censura el discurso del Otro (nombre lacaniano, como es conocido, del inconsciente freudiano). Es obvio que la mayor resistencia a la curación pueda venir, y de hecho así ocurre frecuentemente, del psicoterapeuta. Esta es la característica fundamental de lo que los psicoanalistas denominamos contratransferencia. Contrariamente a lo que se puede suponer la abstinencia del psicoanalista no implica la utilización en todo momento del Discurso Psicoanalítico. Así es porque en el tratamiento psicoanalítico, incluso en una sesión, el psicoanalista puede emplear, porque los conoce perfectamente y sabe de su función, el Discurso del Amo (orden), el Discurso Universitario (explicación) y también el Discurso Histérico (pregunta). Es incuestionable la sinrazón de la crítica al psicoanálisis por una supuesta frialdad de sentimientos del psicoanalista].

    ¿Algún consejo para el terapeuta?
    Escucha al paciente con paciencia, sin hacerle sentir enfermo mental y sin juzgarle.
    [J.M.P. Seguir a Read en este punto es afianzar el «alma bella» con la que puede presentarse el paciente en la consulta, o sea, contribuir a un engaño al desvincular al paciente de su posible responsabilidad en lo que se queja. La auténtica curación implica introducir a quien nos pide ayuda en la realidad, en la suya que no es ajena a la que conformó su subjetividad, su manera de ser en el mundo, y que no es otra que la del Otro sociocultural. La primera condición es el respecto absoluto al decir del inconsciente, a los deseos y a los goces en juego del paciente, del que lo primero que hay que saber qué podrá resistir en cada momento del tratamiento. He ahí, también, el arte en psicoanálisis].

    ¿Alguna otra evidencia científica sobre lo que llamamos locura y su tratamiento?
    En países africanos, es la propia locura la que cura: los chamanes provocan brotes psicóticos con drogas, con fines curativos…
    [J.M.P. La locura (psicosis paranoica, esquizofrenia, melancolía, PMD, autismo…), contrariamente a lo que dice Read, no se cura con pócimas, aunque estén elaboradas por los mejores chamanes. Es conocido que a principios del siglo pasado los psiquiatras lo intentaron, aunque de otro modo, pero con igual éxito: nulo. En la historia de la locura se habla de las terapias convulsionantes, y entre ellas se encuentra la provocación del Coma insulínico. El doctor Manfred Sakel, quien lo introdujo en 1933, tuvo la pretensión de curar con ese esperpéntico proceder la esquizofrenia. Este tratamiento se puede contemplar en la película A Beautiful Mind (Una mente maravillosa en español, Una mente brillante en Latinoamérica), basada en la vida de John Forbes Nash (1928), el matemático estadounidense (encarnado por Russell Crowe) que mientras luchaba contra la esquizofrenia logró realizar algunas importantes aportaciones a las matemáticas, por las que consiguió el Premio Nobel de Economía el año 1994. Los efectos del Coma insulínico son en todo semejantes a los de los electrochoques, la inoculación de la malaria como tratamiento de la parálisis general o la leucotomía prefrontal].

    ¿Con qué resultados?
    El dato científico es que dos tercios de los psicóticos se recuperan en África. Aquí sólo recuperamos a un tercio. ¡Aprendamos!
    [J.M.P. Si en África los psicóticos se recuperan (hay que entender que se curan dos tercios) con las pócimas de los chamanes, ¿porqué no importamos sus procedimientos? ¿Tal vez nos lo impide el narcisismo, o es que somos idiotas, o bien porque no nos enteremos de lo que ocurre en el mundo, o simplemente porque lo que dice Read no es verdad?]

    ¿Qué le llevó a aprender psicología?
    La necesidad de entenderme a mí mismo.

    ¿Qué le pasaba?
    De los 11 a los 13 años fui víctima de abusos sexuales por parte del director de mi colegio. No entendía qué estaba pasando y me vengué del mundo suspendiéndolo todo…

    ¿Qué efectos tiene un abuso?
    Si no se repara, es un trauma psíquico que puede derivar en psicosis y esquizofrenia.
    [J.M.P. Read está en la misma dirección que Jeffrey Moussaieff Masson. Ste psicoanalista norteamericano, al mismo tiempo que sustraía algunos papeles de la Biblioteca del Congreso de EE.UU., afirmaba sin empacho en su libro The assault on truth: Freud’s supression of the seduction theory, 1984, (El asalto a la verdad, la supresión de la teoría de la seducción por Freud), que el abandono de la «Teoría traumática de la seducción» no respondía en modo alguno a razones científicas, sino a motivos personales y sociales de Freud. Contrariamente, los psicoanalistas constatamos el acierto del primero de todos, el acierto de Freud al darse cuenta del error de sus primeras hipótesis acerca de la causa de las neurosis; y reconocemos también su valentía al abandonar aquellas hipótesis (la «Teoría traumática de la seducción») en razón de lo que la clínica le enseñaba y que no era otra cosa que la crucial importancia de los deseos edípicos en la constitución de la subjetividad. Por lo demás, no es cierto que la siempre deplorable seducción pueda derivar «en psicosis y esquizofrenia», a no ser que la estructura psíquica del afectado lo permita y cuando la seducción adquiere el valor de tyche (mal encuentro) en la estructura psíquica].

    ¿Es muy frecuente el abuso sexual?
    En Occidente, el 20% de las niñas y el 15% de los niños padecen abusos sexuales…

    ¿Con efectos iguales en niños y niñas?
    La niña se aislará de otros niños. El niño abusará psicológicamente de otros niños.
    [J.M.P. Así puede ocurrir, mas también que la seducción no tenga efectos morbosos, o que los efectos sean coyunturales, o que den lugar a síntomas de diferentes estructuras clínicas. En cualquier caso, el abuso de la generalización, como se advierte aquí una vez más, excluye la clínica de la singularidad del sujeto, la clínica del «caso por caso» a favor de imaginarias suposiciones etiológicas y de la estadística aplicada a un objeto que no se deja representar por ellas: el ser humano y sus vicisitudes].

    ¿Cómo debemos actuar ante un abuso?
    Hay que alejar al abusador. Y preguntar al niño y escucharle. Y hacerle entender que él no ha actuado mal. Y ayudar a los progenitores inocentes. ¡Y dar mucho cariño y amor al niño! Si se hace así, se repondrá.

    ¿Puede pasarle algo peor a un niño?
    También es muy traumático chillarle y reñirle y abroncarle continuamente…, y tanto peor cuanto más joven, porque se dañan más los reguladores neuronales del estrés.

    ¿Con qué consecuencias?
    Tú dile al niño continuamente que es muy malo o un desastre… y será fiel a este relato, porque los niños creen íntimamente a sus padres. Y será malo y será un desastre. Y psicótico, depresivo… y eventual suicida.
    [J.M.P. Haciendo suyos los designios de la postmodernidad, las modas de nuestra época así como imaginarias premisas clínicas de los que tampoco ha podido zafarse, Read aconseja un padre colega para el más óptimo desarrollo del niño en la época de los callejones ideológicos del siglo XXI. Olvida o desconoce, por lo mismo, los factores estructurales que intervienen en la constitución de la subjetividad y que la mantienen en un goce mortificante, el mismo goce del que se quejan sus pacientes y nuestros analizantes. Y para empeorar definitivamente algunas de sus acertadas opiniones, este psicólogo clínico apuesta por un tipo de psiconeurología que recuerda algo tan conocido como son los problemas que acarrean las emociones, pues apunta, quizá con pretendida novedad, que las emociones lesionan los «reguladores neuronales del estrés» que, por lo mismo, dan lugar a todas las desdichas imaginables].

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  2. John Read, o cuando el descubrimiento de lo conocido
    se conjuga con aciertos y limitaciones clínicas y terapéuticas

    Por José Miguel Pueyo, psicoanalista

    John Read, quien en los ámbitos de la llamada salud mental no es un personaje demasiado conocido, merece hoy nuestra atención por sus consideraciones, paradójicas y contradictorias así como acertadas en ocasiones, acerca de las afecciones psíquicas y su tratamiento. Psicólogo clínico especializado en abusos sexuales y psicosis, Read nació hace 60 años en Londres, y vive hoy en Nueva Zelanda. Casado, es padre de dos hijos, de 18 y 23 años; abraza los ideales socialistas, y de seguir creyéndole, carece de creencias religiosas. En cuanto al asunto que en esta ocasión lo convoca, Read comenta al periodista Víctor-M. Amela algo que podría subscribir cualquier psicoanalista, como es que «las conductas infrecuentes en el seno de una cultura las llamamos ‘locura’: son sólo un mensaje.»

    Es por el mismo Víctor-M. Amela, quien entrevistó a Read para («La Contra» de La Vanguardia, 26/05/2012: «Si oyes voces y ves visiones…, ¡no estás mal de la cabeza»), que conocemos que «ha superado el trauma psicológico de una familia disfuncional y un abuso sexual en la infancia». El suceso, prosigue el entrevistador, además de «Sus vivencias y su curiosidad lo llevaron a investigar la psique humana y a estudiar eso que llamamos locura». El mismo periodista informa que este psicólogo está convencido de que «lo mejor es tratar amorosamente a pacientes a los que hemos etiquetado como psicóticos y esquizofrénicos», y que lo «argumenta en libros como Modelos de locura o El sentido de la locura, (Herder)». «Este Read ¬-¬¬concluye Víctor-M. Amela- me ha parecido muy cuerdo.»

    Poco podemos decir sobre la cordura de John Read, pues no lo conocemos suficiente y fundamentalmente porque no ha pasado por nuestro diván. Sin embargo, de sus ideas sobre el ser humano, la locura y su tratamiento sí que podemos decir algo. Así es tras leer su último libro, el mencionado Modelos de locura o El sentido de la locura, libro que por no diferir sustancialmente de lo que el autor dice a Víctor-M. Amela en la entrevista también mencionada, nos permitimos apoyarnos en ella para, como acabo de mencionar, comentar sucintamente algunas de sus ideas clínicas y terapéuticas.

    ¿Qué es la locura? ─Tal es la primera pregunta de Víctor-M. Amela a John Read─.
    El término para definir comportamientos inusuales en el seno de una cultura, ─responde el psicólogo londinense─.
    [Comentario de José Miguel Pueyo (en lo sucesivo: J.M.P). Por más de un motivo cabe discrepar de esta afirmación. Read alude a «comportamientos inusuales» como signo de locura. Pero habría que preguntarse ¿qué comportamientos son inusuales en el mundo globalizado e hipermoderno que nos ha tocado vivir? y en el caso que nos ocupa ¿qué comportamientos inusuales son los que permiten diagnosticar a una persona de loca? Es inusual orinarse en algunas ciudades de nuestra antigua y hoy venida a menos Europa, pero hay personas proclives a ese incívico comportamiento y que no por eso sufren una psicosis. Sin duda es inusual robar a espuertas, esto es robar a lo Bernad Madoff, Mario Conde, Félix Millet o Iñaki Urdangarín, y sólo por un abuso discursivo a tan siniestros e hipermodernos individuos se los calificaría de locos. Otro ejemplo: levantar una basílica cristiana en el seno de una comunidad islámica puede ser entendido, más allá de una gran temeridad, como el acto de un enfermo mental, cuando se trata más bien de lo primero. Y, por último, ¿qué margen deja Read a la creatividad, a la invención con su idea de lo «inusual»? Ninguna. En suma, del modelo diagnóstico de este psicólogo clínico mejor olvidarse].

    ¿La locura… es cultural?
    ¡Claro! Conozco a fondo la cultura maorí, y sé que en esa cultura no es síntoma de locura oír voces.
    [J.M.P. La locura no es sólo ni sustancialmente cultural, tanto más en el sentido antropológico que se nos dice. Víctor-M. Amela insiste en el asunto cultural de la locura, lo que permite conjeturar que no le convenció, al menos del todo, la primera respuesta de su entrevistado. En realidad, lo que Read parece ver claro no lo es, para él, en absoluto. Escuchar lo que uno dice o escribe, a diferencia de lo que habitualmente se afirma no es nada fácil, y quizá hubiese bastado a este psicólogo para advertir, ciertamente si los obstáculos psíquicos se lo hubiesen permitido, que por más que los maorís crean que las personas que oyen voces no están locas eso no significa que la gente de esa etnia polinesia sepa lo que dice y menos aún que su opinión al respecto, y en consecuencia la opinión que él esgrime, tenga algún valor y pueda elevarse al grado de lo universal. El caso es que en esa etnia habrá, como en nuestras hipermodernas ciudades, personas que oyen voces y que no están locas, pero sin duda existirán otras personas que oigan voces y que estén locas de atar, como ordinariamente se dice. (Read cae en el mismo grave error que su compatriota, el antropólogo Bronislaw Malinowski (1884-1942), quien seducido por los aspectos fenomenológicos de las familias que estudiaba le pasó por alto la estructura de las mismas; y si bien es cierto que no negó la existencia del complejo nuclear de las afecciones psíquicas, o sea, el complejo de Edipo, sostenía su variabilidad en función de la constitución familiar en las distintas formas de sociedades, idea que anulaba las hipótesis freudianas de la universalidad de ese complejo de deseos y del parricidio del padre de la horda primitiva (urvater). El error de Malinowski fue explicado, entre otros, por un no menos conocido antropólogo, el belga Claude Lévi-Strauss, 1908–2009)].

    ¿No?
    Aprenden desde niños [los maorís] que eso encaja en la normalidad…, ¡y nadie se asusta! Nadie cree que uno esté loco sólo por oír voces…
    [J.M.P. La identificación a una determinada construcción sociocultural (que recoge la expresión «eso encaja en la normalidad»), o sea, la identificación de los maorís a un aspecto de su cultura, por ejemplo, contrariamente a lo que afirma Read, tampoco es en esta ocasión un argumento válido. Se conoce que la locura va por barrios, pero eso no anula su existencia, y se sabe también, por lo mismo, que unos barrios aceptan locuras que otros rechazan absolutamente. Todo indica que la epistemología, al menos hasta aquí, no interesa a Read; y tampoco cae en la cuenta de la existencia de la «locura compartida», o sea de lo que los franceses llaman folie à deux, que podría aplicarse a algunos maorís. (En este síndrome psiquiátrico un fenómeno, habitualmente psicótico, como el delirio paranoico, se transmite de una persona (el inductor) a otra (el secundario o receptor), y cuando es compartido por más personas recibe el nombre de folie à trois, folie à quatre, folie à famile o folie à plusieurs o sea, de muchos)].

    Aquí sí, aquí te llevan al médico…
    Allí entienden. Lo agradeces…, ¡y a otra cosa!
    [J.M.P. Contrariamente a lo que afirma Read, a los maorís no les trae sin cuidado el oír voces. Veamos la cuestión: «Un ancestro acude a ayudar» a una persona, a un maorí, que oye voces. Read no dice de qué ayuda se trata. Pues bien, si los maorís están agradecidos a las voces es, entre otras cosas pero fundamentalmente, porque pueden traer bajo el brazo una promoción social. Y es que por las voces, o sea, por estar loco, una persona de esa y otras etnias primitivas no contaminadas por la sociedad, como diría Rousseau, deja de ser un mero miembro de la tribu para convertirse en brujo, en chamán-médico de la misma, siempre y cuando los demás miembros de la tribu así lo estimen. Insiste pues Read en mostrarnos su levedad epistemológica, que conjuga con un relativismo etnológico sólo defendible desde un deficiente conocimiento en la historia de la locura].

    Pues si yo oigo voces, ¡sí me espantaré!
    Porque te han enseñado que eso es estar mal de la cabeza, enfermo, y te internarán, tratarán…: vives con ese relato miedoso.
    [J.M.P. No necesariamente internan a una persona en un hospital psiquiátrico por oír voces. Además, ¿de qué voces se trata, las voces de algún familiar muerto, las de la vecina…? Si algo saben los psiquiatras es discernir entre las reflexiones en voz alta de una persona que no sufre un trastorno psíquico, de las voces que oye una persona que padece una psicosis, voces estas últimas que como recogen los libros que tratan estos asuntos, conciernen y aun comprometen a esa misma persona (voces que le dicen «eres un mierda», «no vales para nada», «ese individuo te quiere mal», por ejemplo). Por otra parte, no es infrecuente que el psicótico converse, se aterre o se ría ante las voces que lo asedian y que a veces le hacen vivir una película en la que él mismo está implicado como personaje o como espectador].

    Oír voces, entonces, ¿no es patológico?
    Para la especie humana, no es nada raro oír voces y ver visiones: ¡es parte de nuestra naturaleza! El 15% de la gente oye voces.
    [J.M.P. Este tipo de afirmaciones, en las que la ausencia de discriminación entre lo normal y lo patológico, más que aclarar las cosas las complican y, por supuesto, banalizan al psicótico tanto como al sujeto considerado normal. Las visiones, en la acepción de la alucinación como fenómeno psicótico, no son equiparables a las visiones que puede tener una persona en un sueño o en estado de duermevela, por ejemplo, y cabe asimismo diferenciarlas de dèjà vu, es decir, del fenómeno de lo ya visto. Resumiendo, «oír voces y ver visiones» no es precisamente un signo de salud psíquica y sí frecuentemente lo es de locura].

    No sabía esto, explíquemelo…
    Mire, el 80% de las personas mayores de 60 años que ha perdido a su pareja o a algún ser muy querido… ¡lo oirá o lo verá en algún momento durante el primer año de duelo!
    [J.M.P. Ese porcentaje no es en modo alguno fiable. Por otra parte, habría sido suficiente con mencionar el deseo, y en particular el amor y aun el odio hacia el muerto, para que el lector de esta «Contra» de La Vanguardia hubiese entendido, si no lo ha hecho ya, que se trata del deseo, de una manifestación del deseo de la persona que ha perdido a un ser querido].

    ¡¿Tantas personas?!
    Pero preferimos no comentarlo con nadie…
    [J.M.P. Los analizantes (personas que están en tratamiento psicoanalítico), a diferencia de lo que afirma este psicólogo, obviamente esas y otras cosas a su psicoanalista. Se conoce, además, que algún/a visionario/a puede relatar experiencias de esa naturaleza, por demás imaginarias, en petit comité, preferiblemente con gente de la parroquia, pero también hay quien con desmedida desfachatez y un narcisismo desbordante no se arredra en hacerlo en cenáculos dispuestos para engatusar a crédulos y/o desesperados].

    ¿Le ha pasado a usted?
    Un buen amigo mío se mató en accidente de coche… Lo lamenté tanto… Al día siguiente se me apareció, vino a despedirse de mí…
    [J.M.P. Lejos de lo que se pudiese pensar, lo subrayable no es tanto «…se me apareció» sino «Lo lamenté tanto…». Me acercaré a esta cuestión por el lado del deseo].

    ¿Hay explicación científica?
    Lo primero es aceptar el hecho sin problematizarlo, pues lo que ayuda no es saber cómo sucede, ¡sino dilucidar qué significa!
    [J.M.P. En efecto. Como acabo de apuntar, lo subrayable aquí, según entiendo, es la expresión «Lo lamenté tanto…». Y como dice Read, se trata de «¡… dilucidar qué significa!» Todo sugiere que fue la amistad, el cariño por su amigo lo que hizo pensar a Read que su amigo se le apareció, que su amigo, como es de esperar de un verdadero amigo, tuvo la deferencia de despedirse de él. Ni que decir tiene que la «aparición» corresponde y está determinada por el deseo de Read, por lo que él deseaba. Ese deseo es semejante a de los sueños llamados premonitorios, pues como decía Freud, en los sueños premonitorios el deseo del soñador es el que determina la premonición, en el caso de Read «que su amigo se le apareciera». Por consiguiente, no se trata sólo de «aceptar el hecho sin problematizarlo» para saber de qué se trata. Por otra parte, tampoco se trata siempre de que el paciente (en nuestro caso habría que hablar de ‘analizante’) comprenda el sentido de esto o aquello, ya que la clínica enseña que la comprensión, el sentido, se revela no pocas veces impotente frente al goce mortificante y, por ende, la disolución de los síntomas. En suma, alimentar el síntoma con sentido, con la comprensión de su causa, como se hace en base al rasgo fundamental del Discurso Universitario, esto es, con la explicación, suele ser tan estéril frente al síntoma como las órdenes y la persuasión propias del Discurso del Amo].

    ¿Y qué significa?
    ¡Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive! Pero el psiquiatra, en vez de escuchar al paciente…, ¡lo dopa! Debería ver cómo encaja el mensaje en su relato vital.
    [J.M.P. Habitualmente es así. Sin embargo, la escucha no lo es todo. Además, Read no explica a qué tipo de escucha se refiere. No dice qué entiende por escuchar al paciente, o desde dónde escucha a sus pacientes y, por otra parte, tampoco sabemos cómo responde él, qué respuesta considera adecuada al discurso de quien sufre una afección psíquica. En cuanto a su afirmación de que el «psiquiatra… dopa al paciente», si bien sucede así habitualmente, la demonización de la farmacología requiere otras y más precisas consideraciones. En el pensamiento de este psicólogo se advierte más de un problema sin resolver. Uno esencial y fundamental es que presenta una evidente resistencia a la hora de utilizar el lenguaje que los asuntos que trata requieren. En Read no cuesta trabajo reconocer una resistencia no menor a la utilización de los conceptos que vienen al caso y que darían luz a las cuestiones que sin éxito, por esa razón también, pretende aclarar. Y es que este psicólogo, y quizá por serlo, omite conceptos como ‘escucha psicoanalítica’, pues debe entender que hablar de «escucha» es suficiente; censura asimismo ‘novela familiar y discurso del inconsciente’, pues habla de la locura como «un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive»; y se complace con expresiones triviales del tipo «quien lo vive», cuando se trata del ‘sujeto psicótico determinado, tanto como el sujeto normal, el neurótico y el perverso, por el inconsciente que lo habita’. La obliteraron constituye aquí una falta de consideración al lector, tanto más de «La Contra» de La Vanguardia, y puede producir asimismo la desorientación de algunas personas asiduas a esa página, pues al omitir el lugar teórico al que él pertenece, me refiero a Read, alguien podría pensar que este psicólogo presenta novedades en el campo de la salud psíquica cuando se trata de tesis psicoanalíticas que él no logra entender y que, por consiguiente, trasmite de forma deficiente].

    ¿Lo llamamos locura… y es un mensaje?
    Sí. El psiquiatra debe lograr, con humildad, sensibilidad y paciencia, que el paciente se convierta en autor del relato de su vida…
    [J.M.P. La humildad, la sensibilidad y la paciencia son, sin duda, cualidades a tener en cuenta por los psicoterapeutas y asimismo por los psiquiatras de orientación humanista, cualidades que, por lo demás, trasuda el experto, a veces de forma voluntaria, en el tratamiento. La cuestión aquí es que esas cualidades («la humildad, la sensibilidad y la paciencia») pueden adornar también al psicoanalista, pero en modo alguno son requisitos para el tratamiento psicoanalítico, entre otras cosas porque no definen su función, la función del psicoanalista en la cura del mismo nombre. La afabilidad, también en esta ocasión, la expende el psicoanalista «caso por caso», o sea, no generaliza la afabilidad como podría hacerlo el psicólogo. Hacerlo de otra manera equivale a propiciar la transferencia positiva, hecho que suele conducir al hastío del paciente o una identificación con el modo de hacer del psicoterapeuta, cuando no perpetúa la deplorable dimensión sugestiva de la misma. El psicoanalista es menos libre en la estrategia, dado que el lugar en la transferencia se lo otorga el analizante, que en la táctica, por concernir está a sus interpretaciones. Con todo, es la docta ignorancia y la neutralidad controlada, siempre en la perspectiva de la clínica del «caso por caso», lo que hace del psicoanálisis una psicoterapia que no es como las demás y, por consiguiente, lo que aleja al psicoanalista de la impostura y el engaño que caracterizan, no en pocas ocasiones, a psicoterapeutas, psiquiatras, gurús y sanadores.

    ¿Y no lo hacen así los psiquiatras?
    En España, los profesores universitarios de psiquiatría ¡cobran de la industria farmacéutica! En estas condiciones…, me daría vergüenza ser psiquiatra en España.
    [J.M.P. No es así, aunque lo ha sido y en algunos casos la ley, como se sabe, se hace cumplir al que menos culpa tiene. Sea como fuere, la Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y Productos Sanitarios (Real Decreto-Ley 9/2011, de 19 de agosto, modificación de la Ley 29/2006, de 26 de julio) prohíbe «el ofrecimiento directo e indirecto de cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos, primas u obsequios de los laboratorios a los médicos y a los farmacéuticos». El cohecho está sancionado con multas de 30.001 a 90.000 euros. Por otra parte, la labor de inspección es potestad de las autonomías. Madrid, por ejemplo, tiene un sistema para detectar si un médico receta demasiado de una marca, y de ser así se procede a una investigación, que muchas veces, es igualmente cierto, se queda en agua de borrajas].

    ¿En el resto del mundo no es así?
    También en Estados Unidos… Y me abochorna que dilapidemos fortunas buscando el gen de la locura, de la esquizofrenia: ¡no existe! No hay raíz biológica de la locura.
    [J.M.P. Hay que estar totalmente de acuerdo en esto. Además, la literatura amarilla se cuela también en las revistas científicas. A fines de 1988 el equipo del doctor Hugh Gurling, del University College and Middlesex School of Medicine, en Londres, publicó en la prestigiosa revista Nature el descubrimiento del gen de la esquizofrenia. Afirmaban los investigadores tener un marcador que revelaba que el gen de la esquizofrenia se hallaba en el brazo largo del cromosoma 5. En ese momento otros investigadores, en esta ocasión de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, encabezados por el doctor Kenneth Kidd, desacreditaron aquellas afirmaciones en razón de que sus investigaciones no habían encontrado la relación que presentaban sus colegas ingleses. En realidad, quien busca el gen de la locura se encuentra en la misma posición ideológica de aquellos que pensaban que la locura se alojada en la masa encefálica en forma de piedra. Como se conoce, tamaña imaginarización de la realidad quedó recogida magníficamente por el pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen, más conocido como El Bosco, en su cuadro satírico «La Extracción de la piedra de la locura», pintado entre el 1475 y 1480, y que se puede contemplar en el Museo del Prado, Madrid].

    ¿Dónde debemos buscar, pues?
    En el propio relato del paciente, insisto. Darle drogas antipsicóticas… ¡sí es una locura!
    [J.M.P. En varias ocasiones Read relaciona la locura con un mensaje: «’locura’… sólo un mensaje», y en otro lugar dice que la locura «Es un mensaje a encajar en la biografía de quien lo vive». El problema aquí es que esas expresiones no permiten comprender qué idea tiene de la causa de la locura y, en segundo lugar, lo que afirma («No hay raíz biológica de la locura») está descubierto. Así es, «No hay raíz biológica de la locura», pero lo que se ha demostrado y por lo mismo hay que decirlo así es lo que Read no dice: que toda afección psíquica es un hecho del lenguaje y del goce. Esto lo sabemos desde Freud. Es decir, conocemos que es en el temprano tiempo del complejo de Edipo donde, merced al entrecruzamiento de los deseos del niño y los deseos de sus padres o de las personas que están en su lugar, que se conforma la subjetividad, la subjetividad de cada uno de nosotros, esto es, nuestra manera de ser en el mundo y la también particular relación sexual; aspectos fundamentales y esenciales del ser humano que, por lo demás, el psicoanalista francés Jacques Lacan demostró con todo lujo de detalles y defendió un día sí y otro también].

    ¿Tan contraproducentes son?
    Perjudican más que benefician, por lo que deberían prohibirse. ¡Acortan diez años la vida del paciente así medicado!
    [J.M.P. No siempre es así. Si hay algo que debería prohibirse es la mala práctica de muchos psiquiatras, mala práctica que no pocas instituciones que se dedican eufemísticamente a la salud mental aprueban y toleran. Las drogas son en muchos casos necesarias, cosa que hay que pensar que no desconoce Read. Ahora bien, para dar cuatro pastillas, como habitualmente se dice, no se entiende que una persona tenga que cursar siete años de carrera universitaria, esto es cinco años de medicina y dos de la especialización en psiquiatría. Esto es innecesario desde todo punto de vista, y supone, entre otras cosas incluso peores, una estafa para el contribuyente y, por ende, para el malogrado enfermo mental].

    ¿En qué casos sí benefician?
    Sólo para tranquilizar al paciente durante una crisis: eso es sólo un tercio de los casos.
    [J.M.P. Miente, engaña y abusa del poder que le confiere la transferencia (o sea, de la delegación de poderes del paciente al psiquiatra: usted debe saber la causa de mi sufrimiento y qué debo hacer para curarme, por ejemplo) quien no dice que las pastillas sirven para lo que sirven: para «tranquilizar durante una crisis», por ejemplo. Eso es lo que debe oír el paciente del psiquiatra que lo atiende. Y lo debe conocer para no enmascarar prolongadamente sus síntomas (y los síntomas del psiquiatra: la ignorancia y la mala práctica del psiquiatra), y, por supuesto, para no estar fuera de la realidad y en la ignorancia absoluta, como sería creer que las pastillas lo curarán. Curiosamente, muchos pacientes hacen el caldo gordo a los psiquiatras, se ofrecen como objeto del goce del otro, de los supuestos expertos: psiquiatras, psicoterapeutas, gurús, sanadores… Y lo curioso es que ser el objeto del goce del otro va bien a algunos pacientes. Les va bien no saber de su historia, de sus deseos, ya que esa es la condición para seguir gozando en el sufrimiento, o mejor dicho para dejarse gozar por la pulsión de muerte que los habita, por una pulsión muchas veces comandada por el miedo o la vergüenza, bien por una culpabilidad que suele ser imaginaria. En fin, es el paciente quien crea un amo en quien reinar, un amo a la medida de su goce, ahí donde los expertos creen que son ellos los amos por méritos propios].

    ¿Aconsejaría a los pacientes abandonar ahora mismo los antipsicóticos?
    ¡Que nadie deje a solas la medicación! Es arriesgado. Dialogad con el psiquiatra y pedidle ayuda para contactar con grupos de terapias mentales sin fármacos, que los hay.
    [J.M.P. Ambiguo, muy ambiguo, además de contradictorio, y en esta ocasión Read muestra su faceta más ingenua. «Es arriesgado… dejar a solas la medicación» se atreve a decir Read sin la aprobación del psiquiatra, y, además, cabe preguntarle en qué casos es arriesgado y en qué circunstancias. En suma, Read da el poder de decisión al que recién se lo ha había quitado, al psiquiatra. Por otra parte, es ingenuo porque parece desconocer que el psiquiatra no está solo en el mundo, que no son pocos los psiquiatras que comandan grupos de psicólogos de «terapias mentales…», habitualmente de la corriente cognitivo conductual, psicólogos que siguen fielmente la voz del amo, y cuya desorientación teórica, clínica y ética queda demostrada en no haber podido diferenciar al ser humano de los ratones, en suma, por hacer etología en lugar de psicología].

    ¿Cómo trata usted a sus pacientes?
    Un caso: uno llevaba treinta años medicándose porque se sentía observado y espiado y quería convertirse en mujer. Me bastaron seis meses conversando con él para entrar en su lógica y ayudarle a mejorar.
    [J.M.P. No hubiese estado de más, entre otras cosas para ahorrarnos calificar a Read de demagogo, que hubiese explicado qué entiende por «entrar en su lógica». Sin embargo, en lugar de atender a los principios epistemológicos y a la deferencia que se debe a las personas que trabajan en su campo, lo único que nos ofrece son palabras huecas, vacías de significado al modo que suelen hacerlo los sanadores y cuantos individuos que se llenan la boca con las que tocan la fibra sensible, como amistad, amor, humildad, armonía, concordia, piedad, afabilidad, comunión espiritual…, poniendo así a buen recaudo su ignorancia y sus denostables supercherías, al tiempo que se vengan de la fe, la desorientación y la ingenuidad del prójimo].

    ¿Conclusión?
    La buena calidad de la relación terapeuta-paciente es lo más curativo que hay. ¡No existe mejor medicina!
    [J.M.P. Lo que afirma Read está en las antípodas del correcto proceder clínico. Así es porque la empatía, el mostrar los sentimientos y deseos al paciente es un buen modo que llamar al fracaso del tratamiento por ignorancia clínica del que sólo es un supuesto experto en la naturaleza humana y las afecciones psíquicas. Por consiguiente, nada peor en el tratamiento que hacer de padre o de madre nutricia, entre otras cosas, además, porque el lugar de padre y de madre los otorga el paciente al psicoterapeuta en la transferencia (el paciente, sin darse cuenta de ello, transfiere en el tratamiento sentimientos y relaciones de su historia al terapeuta), y por ello fundamentalmente el psicoterapeuta no debe incluir en el tratamiento actitudes y recomendaciones propios de esas personas. Lo que el psicoterapeuta debería saber es que si se coloca en esos lugares e introduce en el tratamiento actitudes de esos personajes introduce con ello una grave resistencia al tratamiento, una grave resistencia al decir del inconsciente. Se comprende entonces que la resistencia mayor y más importante a la cura puede venir, y de hecho ocurre así frecuentemente, del psicoterapeuta, ya que es él quien impide que el paciente reedite su historia en el tratamiento al colocarse-identificarse en el lugar de las personas que fueron significativas. Como se habrá advertido, tal es el factor fundamental de lo que los psicoanalistas denominamos contratransferencia. Cabe apuntar que la clínica del «caso por caso», como es la psicoanalítica, aconseja no aplicar nada antes de conocer a quién tenemos delante y, por otra parte, que la abstinencia afectiva del psicoanalítica no implica la utilización en todo momento del Discurso Psicoanalítico. Así es porque en el tratamiento psicoanalítico, incluso en una sesión, el psicoanalista puede emplear el Discurso del Amo (orden), el Discurso Universitario (explicación) y también el Discurso Histérico (pregunta). Creo que se puede apreciar en lo que digo la nula consistencia de la crítica al psicoanálisis por una supuesta frialdad del psicoanalista].

    ¿Algún consejo para el terapeuta?
    Escucha al paciente con paciencia, sin hacerle sentir enfermo mental y sin juzgarle.
    [J.M.P. De hacer caso a Read estaríamos contribuyendo al «alma bella» con la que se puede presentar el paciente en la consulta, o sea, estaríamos contribuyendo a un engaño al desvincularlo sistemáticamente de lo que se queja, a obviar su posible responsabilidad en lo que se queja. La cura implica introducir a la persona que nos pide ayuda en la realidad, en la suya pero también en la que conformó su manera de ser en el mundo. Eso requiere el respecto absoluto al decir del Otro (nombre lacaniano del inconsciente), respeto por tanto a lo acontecido y a los deseos y goces en juego, para lo que, como siempre, hay que saber qué puede resistir el paciente de la realidad que debe ser desvelada en cada momento del tratamiento. He ahí, también, el arte en psicoterapia].

    ¿Alguna otra evidencia científica sobre lo que llamamos locura y su tratamiento?
    En países africanos, es la propia locura la que cura: los chamanes provocan brotes psicóticos con drogas, con fines curativos…
    [J.M.P. La locura (la psicosis paranoica, la esquizofrenia, la PMD, el autismo…), contrariamente a lo que dice Read, no se curan solas. En cuanto a que «los chamanes provocan brotes psicóticos con drogas, con fines curativos», es conocido que los psiquiatras lo intentaron con igual éxito que ellos: nulo. Al repasar la historia de la locura uno se encuentra con el capítulo de la terapias convulsionantes, y dentro de ellas a la provocación del Coma insulínico, un tratamiento biológico introducido por el doctor Manfred Sakel, en 1933, quien tuvo la pretensión de curar de ese modo la esquizofrenia. Este tratamiento puede observarse en la película A Beautiful Mind (Una mente maravillosa en español, Una mente brillante en Latinoamerica), basada en la vida de John Forbes Nash (1928), un matemático estadounidense (encarnado por Russell Crowe) quien mientras luchaba contra la esquizofrenia, logro realizar algunas importantes aportaciones a las matemáticas, por las que consiguió el Premio Nobel de Economía el año 1994. Los efectos del Coma insulínico son en todo semejantes a los del electrochoques, la inoculación de la malaria como tratamiento de la parálisis general o la leucotomía prefrontal].

    ¿Con qué resultados?
    El dato científico es que dos tercios de los psicóticos se recuperan en África. Aquí sólo recuperamos a un tercio. ¡Aprendamos!
    [J.M.P. ¿Cómo se recuperan los psicóticos en África, quizá con las pócimas y los conjuros de los chamanes? ¿Y si es así porqué no importamos sus procedimientos? ¿Tal vez el narcisismo nos lo impide, o es simplemente es que somos idiotas, o que no nos enteremos lo que ocurre en el mundo?]

    ¿Qué le llevó a aprender psicología?
    La necesidad de entenderme a mí mismo.

    ¿Qué le pasaba?
    De los 11 a los 13 años fui víctima de abusos sexuales por parte del director de mi colegio. No entendía qué estaba pasando y me vengué del mundo suspendiéndolo todo…

    ¿Qué efectos tiene un abuso?
    Si no se repara, es un trauma psíquico que puede derivar en psicosis y esquizofrenia.
    [J.M.P. Read pretende de algún modo emular al psicoanalista norteamericano Jeffrey Moussaieff Masson, quien en su libro The assault on truth: Freud’s supression of the seduction theory, 1984, (El asalto a la verdad, la supresión de la teoría de la seducción por Freud) sostenía sin el menor empacho que el abandono de la «Teoría traumática de la seducción» no respondía en modo alguno a razones científicas, sino a motivos personales y sociales de Freud. Sin embargo, los psicoanalistas constatamos el acierto del primero de todos, el acierto y la valentía de haber abandonado sus primeras hipótesis a causa de lo que la clínica le enseñaba y que no era otra cosa que los deseos edípicos en la constitución de la subjetividad. Por lo demás, no es cierto que la siempre deplorable seducción pueda derivar en psicosis y esquizofrenia, a no ser, claro está, que la estructura psíquica del afectado lo permita, o sea, que la seducción juegue de tyche (mal encuentro) en su estructura].

    ¿Es muy frecuente el abuso sexual?
    En Occidente, el 20% de las niñas y el 15% de los niños padecen abusos sexuales…

    ¿Con efectos iguales en niños y niñas?
    La niña se aislará de otros niños. El niño abusará psicológicamente de otros niños.
    [J.M.P. Esto puede ocurrir, mas también que la seducción no tenga efectos de ningún tipo, o bien que sean coyunturales o que de lugar a síntomas de diferentes estructuras clínicas. En cualquier caso, el abuso de la generalización, como se advierte aquí una vez más, excluye la clínica de la singularidad del sujeto, la clínica del «caso por caso» a favor de la imaginaria suposición y de la estadística más burda aplicada a la psicopatología].

    ¿Cómo debemos actuar ante un abuso?
    Hay que alejar al abusador. Y preguntar al niño y escucharle. Y hacerle entender que él no ha actuado mal. Y ayudar a los progenitores inocentes. ¡Y dar mucho cariño y amor al niño! Si se hace así, se repondrá.

    ¿Puede pasarle algo peor a un niño?
    También es muy traumático chillarle y reñirle y abroncarle continuamente…, y tanto peor cuanto más joven, porque se dañan más los reguladores neuronales del estrés.

    ¿Con qué consecuencias?
    Tú dile al niño continuamente que es muy malo o un desastre… y será fiel a este relato, porque los niños creen íntimamente a sus padres. Y será malo y será un desastre. Y psicótico, depresivo… y eventual suicida.
    [J.M.P. Haciendo suyos los designios de la postmodernidad, las modas de nuestra época así como imaginarias premisas clínicas de las que tampoco ha podido zafarse, Read aconseja un padre colega para el más óptimo desarrollo del niño en la época de los callejones ideológicos del siglo XXI. Olvida o desconoce, por lo mismo, los factores estructurales que intervienen en la constitución de la subjetividad y que la mantienen en el goce mortificante del síntoma, el mismo goce del que se quejan sus pacientes y nuestros analizantes a causa de la deflación, más en nuestra época, del No (prohibición) de la Función-del-Padre, esto es, de la razón y pivote de lo que somos, función que, como es conocido, debe acontecer en el temprano tiempo del complejo de Edipo. Y para empeorar definitivamente algunas de sus acertadas opiniones, este psicólogo clínico apuesta por un tipo de psiconeurología que recuerda algo tan conocido como son los problemas que acarrean las emociones, pues apunta, quizá como pretendida novedad, que las emociones lesionan los «reguladores neuronales del estrés» y que, por lo mismo, vendrían a ser los responsable últimos de todas las desdichas imaginables].

    Girona, junio 2012

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