Neurociencia aplicada : realidad virtual

Realidad virtual en psicología

“Lo primero que sorprende es lo ajustado que va el traje. Para teletransportarse, más vale estar fideo. Equipado con diecisiete sensores, el traje es necesario para captar cada movimiento del visitante -como llaman los investigadores a la persona que se teletransporta- y poderlo transmitir al robot que le suplanta en el destino -en este caso, Londres-.

Después está el casco, que tiene una pantalla frente a cada ojo para que el visitante pueda ver en 3D lo mismo que ven los ojos -perdón, las cámaras- del robot. También tiene altavoces junto a cada oído para que el visitante pueda oír lo que dicen los locales -como les llaman en el experimento- a través de los micrófonos del robot. Pesa 1.300 gramos y aprieta un poco el cráneo, porque tiene que estar bien sujeto para mantener las cámaras alineadas ante los ojos y para no desorientar a los sensores de posición.

Pero si se aceptan estas pequeñas incomodidades, uno ya puede tener la experiencia del teletransporte. El equipo que ha desarrollado la tecnología, liderado por Mel Slater, investigador Icrea de la Universitat de Barcelona (UB), ha ofrecido a La Vanguardia la posibilidad de participar en un experimento. También lo ha ofrecido a Televisió de Catalunya y a la BBC. Su idea es que el teletransporte puede ser útil, por ejemplo, para ir a conferencias sin moverse de casa, para ir a la consulta de un médico que está en otra ciudad o para hacer entrevistas a distancia. Para probarlo -y de paso para publicitar lo que hacen-, los investigadores buscaban periodistas como cobayas. 

Bien, propuesta aceptada. El cobaya se enfunda el traje y se deja poner el casco. Deja que le calibren, operación que consiste en mover los brazos muy lentamente para comprobar que los movimientos de los sensores en Barcelona coincidirán con los del robot en Londres. Tiene que recordar que es un experimento de tecnología avanzada para no sentirse bobo moviendo los brazos así. Oye como le dicen “a partir de ahora usted controlará el robot, sobre todo no se rasque”, porque el robot chocaría consigo mismo y se podría lastimar.

Y enseguida oye: “Beaming”. O sea, “transmitiendo”, como lo decían en Star Trek. En las pantallas del casco se materializa el doctor Slater, sonriente, que dice “hello” y extiende la mano. La impresión de 3D es convincente hasta que la mano de Slater sale de la imagen. Cuando el visitante baja la cabeza y mira hacia abajo para volverla a encontrar, se sorprende al comprobar que su propia mano está hecha de tuercas y tornillos. 

-¿Cómo me ve, doctor Slater?, pregunta.

-Alto, más alto que yo.

-¿Cómo cuánto de alto?

-Un metro ochenta más o menos. 

Empezamos bien, algo hemos mejorado con el teletransporte.

-¿Guapo?

-Ahora se lo enseño.

Es curioso cómo se puede probar una tecnología de comunicación avanzada y se empieza teniendo una conversación tan intrascendente como quien se encuentra cara a cara. Pero esto es precisamente lo que busca Slater, una interacción humana lo más natural posible.
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-Doctor Slater, ¿para quién ha desarrollado esta tecnología?

-Pensé que la gente se mueve constantemente de un lado para otro y que no estaría mal si pudiéramos desplazarnos a otro lugar sin tener que movernos. 

-Pero debe de ser muy caro.

-Los sensores que lleva el visitante son bastante baratos. La parte cara es el robot. Pero si esta tecnología se extiende y se fabrican más robots, el precio bajará.

-¿Cuánto tiempo le ha costado desarrollar la tecnología?

-Llevamos dos años y medio y es un proyecto de cuatro años. Nos queda bastante por hacer. El sistema aún es imperfecto.

En el proyecto, explica Slater, participan unos 40 investigadores de siete países. Está financiado por la Unión Europea con 11 millones de euros con la perspectiva de que llegue a tener aplicaciones útiles. Entre las más prometedoras, Slater destaca la posibilidad de enviar un robot a zonas contaminadas de una central nuclear y de controlarlo a distancia. O las aplicaciones médicas que desarrolla Mavi Sánchez Vives, también investigadora Icrea, en el instituto de investigación Idibaps del hospital Clínic. O la posibilidad de llegar a zonas inaccesibles durante un incendio. 

-Suena a ciencia ficción, doctor Slater.

-Lo veo como ciencia ficción hecha realidad. Para mí la ciencia ficción es una fuente de inspiración. Hemos tomado el nombre del proyecto, Beaming, de las escenas de teletransporte de Star Trek.

-Pero lo que usted hace se parece más a Avatar que a Star Trek.

-Exacto, esa es la idea. Controlar el cuerpo del robot a distancia y sentirnos como si estuviéramos allí. Es lo que queremos lograr.

Para Slater, especialista en ingeniería informática, simular la experiencia de Avatar no es un objetivo imposible. Es un problema de sensores, software, transmisión de datos y robótica. Un problema de ingeniería. Cuestión de tiempo. Y de ser capaz de pensar a lo grande.

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La telepresencia incluye un set de tecnologías que permiten a una persona sentir que está presente, aparentar que está presente o actuar en otro lugar distinto del que se encuentra.

Uno de los primeros usos de la telepresencia fué  la videoconferencia, esa técnica desarrollada en 1993 por David Allen y Harold Williams (Telesuite) que (gracias a una iniciativa de los Hoteles Hilton) permitió a los ocupados hombres de negocio asistir a reuniones prolongando su estadía en los resorts.

Entre las ventajas más inmediatas de esta tecnología encontramos la posibilidad de asistir a eventos, reuniones, meetings sin viajar grandes distancias, reduciendo así la huella carbónica y el impacto ambiental, además de contribuir a la conciliación vida laboral /personal y aumentar la productividad.

En cuanto a la realidad virtual, se trata de experiencias visuales que pueden simular la presencia física en un lugar o en un entorno imaginario. Puede incluir información visual, auditiva y táctil.

Lo prometedor de este tipo de investigaciones se encuentra en las posibilidades que se abren en el campo de la medicina, la cirugía a distancia por ejemplo permitirá proyectar el conocimiento y el expertise de los cirujanos en entornos lejanos y reducir riesgos.

Las alternativas que se abren son muchas y prometedoras: la posibilidad de inmersión en un entorno 3D facilitará las intervenciones en cuestiones tan diversas como fobia a volar, fobia social, stress post traumático ( La UNAM -México- lleva tiempo desarrollando estos modelos al igual que la Universidad Jaume I con profesionales tan reconocidos como Cristina Botella). En todos estos casos será esencial  la interdisciplina en un equipo de trabajo formado por ingenieros, médicos, psicólogos, neurocientíficos. Se abren nuevas perspectivas para los psicólogos a partir de la valoración del impacto que esta tecnología tendría en el aquí y ahora de las personas y los grupos.

Otros campos interesantes: educación juegos, aplicaciones.

Ciertamente apasionante.-

By: Raquel Ferrari


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Acerca de rferrar

Lic. en Psicología, psicoterapeuta, experta en psicología de Internet y Ciberpsicología. Interesada en el cambio de paradigma que la neurociencia plantea a los profesionales psi.-
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