La ciencia se retracta

Los científicos que el 18 de marzo anunciaron haber detectado ondas gravitacionales, “los ecos del Big Bang“, la evidencia de que el universo pasó por un período de rápida inflación menos de un segundo después de la explosión inicial, se apuraron a festejar.

Equipos independientes (uno de ellos, el del argentino Matías Zaldarriaga, que trabaja en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, en los Estados Unidos) descubrieron que habían subestimado el “ruido” que introduce en las mediciones el polvo interestelar. Aunque todavía resta confirmarlo con nuevas observaciones, los especialistas ya no creen en el hallazgo.

“Parece que la gente del Bicep 2 [así se llama el experimento] cometió un error”, dice Zaldarriaga, que ya dio una conferencia para explicar los hallazgos en Caltech y otra en la Universidad de Stanford, donde trabajan varios de los integrantes del equipo de investigadores.

Éste es sólo un ejemplo de un fenómeno que incomoda a los científicos: las retractaciones (retirar publicaciones por errores, falsedad o manipulación de datos) están creciendo y se producen cada vez en plazos más breves. Trabajos que llegaron a las tapas de los diarios en todo el mundo debieron ser corregidos o retirados por contener fallas graves, descubiertas por otros científicos.

Hace apenas unos días, Haruko Obokata (PhD), del Centro Riken, de Kobe, Japón, aceptó retractarse de uno de los dos controvertidos trabajos en los que afirmaba haber creado un nuevo tipo de células madre con sólo sumergir células adultas en un medio ácido durante 30 minutos. Los estudios, considerados un hito, se publicaron en Nature en enero, pero fueron atacados casi inmediatamente cuando otros científicos comprobaron que contenían imágenes manipuladas y duplicadas.

En otro paper ampliamente difundido el año pasado, investigadores de la Universidad de Oregon afirmaron haber conseguido la “figurita difícil” que se disputaban varios grupos al crear células madre específicas del paciente reprogramando óvulos hasta un estadio embrionario. Errores en cuatro datos y la acusación de que el trabajo había sido aprobado tras sólo unos días de referato, hicieron sospechar que podía tratarse de un fraude, pero este año los hallazgos finalmente pudieron reproducirse.

El primer artículo retractado por plagio se publicó en 1979. Para algunos, la multiplicación de retractaciones que se registró desde entonces es signo de una mayor exigencia de transparencia de la propia comunidad científica. Pero hay quienes dicen que lo que finalmente se da a conocer es sólo la punta del iceberg.

En un artículo publicado en Nature, Richard van Noorden calcula que en la última década el número de retractaciones se multiplicó por 10, mientras el de publicaciones creció 44%. La mitad de las retractaciones se deberían a conductas fraudulentas.

Una revisión ya clásica de Daniele Fanelli en Plos One afirma que entre el 1 y el 2% de los científicos admite haber inventado o modificado datos por lo menos una vez, pero más del 30% dijo conocer a alguien que había incurrido en este modus operandi.

Hoy, la visión del científico como un ser impoluto está dejando paso a la de un personaje movido por intereses y emociones tan humanas como las del resto de los mortales.

En agosto de 2010, el periodista científico Ivan Oransky fundó con Adam Marcus el blog Retraction Watch para traer a primer plano estos casos. “Habíamos cubierto retractaciones durante años y nos dimos cuenta de que detrás de cada una había una historia que merecía ser contada”, dice Oransky, desde Nueva York.

Aunque al principio creyeron que iban a publicar un post de vez en cuando, hoy están produciendo dos por día. “Creemos que la ciencia debe corregirse a sí misma -explica Oransky, director editorial de MedPage y profesor de la Universidad de Nueva York-. Si la ciencia no habla de sus faltas, lo harán sus enemigos. La verdad siempre aparece, y si simplemente ocultamos los errores y las fallas, no tendremos credibilidad.”

Oransky cuenta que constantemente les dicen [a él y a Marcus] que no hagan tanto hincapié en las faltas. “Pero están equivocados -subraya-. Dicen «ok, hay errores, pero barrámoslos debajo de la alfombra». Sin embargo, no se puede seguir asegurando que los problemas no existen…”

Creo que es un signo de los tiempos -opina Pedro Bekinschtein, investigador del Instituto de Biología Celular y Neurociencias de la Facultad de Medicina de la UBA-. Seguramente ocurría antes, pero es probable que ahora suceda con más frecuencia porque hay más científicos, y también más probabilidad de que alguien mienta o fabrique datos.

Pero hay una razón de fondo que excede el simple ego de los investigadores o la intención de ser «el primero». Hay muchísima presión, sobre todo en los países desarrollados, por publicar en lo que se conoce como revistas de «alto impacto». Muchas veces es el mismo jefe de grupo el que traslada la presión a los posdocs o doctorandos, y algunos fabrican datos para congraciarse con él.

Para Alberto Kornblihtt, multipremiado investigador del Conicet: “La mentira tiene patas cortas. Si algo es cierto, debe poder ser reproducido por otros experimentadores. Cuando esto no ocurre, primero se abre la puerta a la sospecha y, luego, al escándalo. ¿Qué lleva a un investigador a cometer fraude? Afán desmedido de fama, reconocimiento de sus pares y la sociedad, viajes, mayores subsidios y dinero. También contribuyen la presión institucional o gubernamental, el mesianismo, el temor al fracaso. Pero paradójicamente, los mismos motivos que promueven el fraude ayudan a prevenirlo. Quien quiera alcanzar y mantener la fama, será mejor que se comporte honestamente, porque corre el riesgo de perderlo todo.”

Pablo Argibay, director del Instituto de Ciencias Básicas y Medicina Experimental del Hospital Italiano, cree que hoy se combinan fortísimos intereses económicos. “Apenas un investigador tiene algo patentable entre manos, se acercan inversores de riesgo que aportan millones, pero quieren salir rápido del «riesgo» -dice-. Los grupos quieren publicar rápido para conseguir más recursos y para lucrar en algunos casos. A veces hablás con investigadores que tienen una especie de «alucinación» intelectual. Ven resultados donde sólo hay humo.”

Para Bekinschtein, dado que el sistema “publish or perish” (publica o perece) seguirá existiendo, quizá las ciencias biomédicas deberían adoptar un sistema de repositorios de datos “crudos”, abierto a toda la comunidad científica. “Así, sería mucho más difícil que una manipulación estadística o una falsificación de datos pase desapercibida”, destaca.

Acerca del Bicep 2, Zaldarriaga comenta: “Después de que se presentaron los resultados,hubo peleas en blogs, rumores de todo tipo, ataques personales, idas y venidas en Twitter. Los distintos grupos «actuaron» un poco para los medios. Nunca hubiera creído que iba a ver eso en la cosmología, algo tan distante de la vida cotidiana…”.

Todo indica que en lugar de ofrecer evidencias de la inflación planteada por Guth y Linde (que en septiembre recibirán en Oslo el premio Kavli, de un millón de dólares, por sus aportes) los científicos de Harvard podrían haber detectado sólo polvo interestelar. “Parece que todas las estimaciones están mal”, afirma Zaldarriaga. Pero enseguida agrega: “Sin embargo, hay algo positivo en todo esto: publicar es más fácil y no es una garantía, pero cuando algo se da a conocer, hay un referato público más estricto. Son muchos más los que te están mirando”. ß

Retractar (del latín, retractus, retroceder, negar). Los artículos científicos son en cierta forma la carta de identidad de los investigadores: el resultado de su trabajo, el objeto de su evaluación, su camino a la promoción o al olvido.

No cabe duda de su importancia y, como consecuencia, de la presión que tienen los científicos por someter sus investigaciones al juicio de sus pares hasta llegar al ansiado paper en la revista soñada. Es cierto que a veces esta presión puede llevar a apuros, adelantos, experimentos sin el control adecuado que hace que después el mismo grupo u otros pueda descubrir un error, un método mal aplicado, una estadística equivocada.

Cuando esto sucede, la moral y las buenas costumbres indican que se debe informar y publicar el error (y circula la broma de que la publicación de una errata es excelente, ya que agrega una publicación más al currículum).

El problema grave, gravísimo, es cuando no se trata de errores sino de falsedades, truchadas, datos fabricados o plagiados. Los ejemplos que llegan a la prensa son siempre horribles y revelan las bajezas de sus perpetradores. Cuando esto se descubre, el trabajo se retracta y la ciencia sufre. Insisto: esto es terrible -máxime cuando se trata de trabajos que tienen que ver con la salud humana- pero debemos decir que, mal que mal, es muy infrecuente: los científicos, en general, no mienten, no inventan datos, no copian resultados, repiten pacientemente experimentos hasta estar seguros de lo que publican. Insisto: las generales de la ley son, mayoritariamente, los buenos científicos.

Es cierto, también, que los papers son literatura de convencimiento: los datos son los datos, y no hay con qué darles, pero con esos mismos números se pueden contar diferentes historias, elegir qué y cómo narrar, el orden de los factores, la estética de una figura o una tabla, la cita que corrobora y no la que pone en peligro nuestra argumentación.

En definitiva: que la ciencia es ciencia, pero tiene la característica de que la hacen unos seres muy curiosos llamados científicos que, en el fondo, no dejan de ser profundamente humanos.

Por : Nora Bär

Fuente:http://www.lanacion.com.ar/1699710-la-ciencia-se-retracta-crece-el-numero-de-errores-y-fraudes

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Acerca de rferrar

Lic. en Psicología, psicoterapeuta, experta en psicología de Internet y Ciberpsicología. Interesada en el cambio de paradigma que la neurociencia plantea a los profesionales psi.-
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