Mariano Sigman: hay una falta de espacios genuinos para investigar en neurociencia cognitiva

Mariano Sigman es el nuevo director del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella.Obtuvo su licenciatura en Física de la Universidad de Buenos Aires (1997), doctorado en Neurociencia (Ph.D.) en Rockefeller University (Nueva York) e hizo un postdoctorado en Ciencias Cognitivas (2002-2005) en el Collège de France (París).

-¿Por qué eligió venir a la Universidad Di Tella y dejar su trabajo en la UBA?
Yo vine a la Argentina hace 8 años. Estuve antes de esto unos casi 10 años afuera, donde entre doctorado y posgrado desarrollé un programa de investigación en neurociencia cognitiva. Es algo que está entre la neurociencia y la psicología. Eso en el mundo es un lugar común. En las universidades de Europa y Estados Unidos hay un departamento de neurociencia cognitiva o computacional. En la Argentina, no. En parte por un divorcio histórico en el que la psicología está muy asociada al psicoanálisis y ajena a la ciencia.
Eso hace que los que venimos haciendo esta disciplina caigamos en distintos lugares: algunos se fueron a medicina, otros a computación, otros a física, porque la neurociencia tiene que ver con todo eso. Yo estuve unos años en el departamento de física de la UBA. Mi abordaje tiene que ver más con los fierros y análisis de datos, redes y volúmenes grandes de datos para lo que usamos herramientas de la física. Las preguntas que nos hacemos de cómo pensamos, cómo recordamos, cómo decidimos, tienen que ver con la psicología. Venir a Di Tella tiene que ver con crear un primer espacio que sea un ambiente genuino donde investigar neurociencia cognitiva.
Si a usted le tocara explicarle una persona que no sabe nada del tema, ¿qué le diría que es la neurociencia y su aplicación práctica?
Una de las cosas más importantes es entender que mucho de lo que somos y hacemos tiene que ver con el cerebro que nos constituye. Esto es mucho más claro cuando uno lo piensa en la motricidad del cuerpo. Por ejemplo, uno sabe que tiene que elongar antes de correr porque sino los músculos se desgarran. Sabe que puede trabajar fácilmente algunas cosas, como la resistencia, pero mucho menos fácil la velocidad. Así vivís mejor con vos mismo porque sabés en dónde podes exigirte y en dónde no. Eso que para el cuerpo es bastante claro, con el aparato psíquico, con el pensamiento, es más confuso.
Uno se enoja con alguien porque está deprimida o porque es impulsiva. Y en cierta medida es como que te enojes con una persona que se fracturo una pierna porque no puede correr. Cuando vos entendés que atrás del pensamiento hay un aparto constitutivo que es el cerebro, que es un órgano, que tiene su manera de funcionar y tiene sus cosas que lo hacen en ciertas circunstancias funcionar con más o menos dificultad, entrás en un espacio de comprensión de vos mismo y de los otros que puede hacer que las cosas funcionen mejor. En el plano educativo es muy claro.
Estigmatizar a un chico disléxico como un vago o como alguien con falta de voluntad para aprender a leer (que se hace) es absurdo y nocivo. En la mayoría de los casos, un disléxico es un chico con un problema bastante específico en la parte del cerebro que empalma la visión con la audición. Esto no estigmatiza ni condena, al revés, da una oportunidad del cambio y para no condenar a alguien por aquello que le presenta, genuinamente más dificultades.
¿Cómo está parada Argentina hoy con respecto a los otros países del mundo en el terreno de la neurociencia?
Tradicionalmente, en la Argentina la neurociencia cognitiva estuvo muy vapuleada. Jacques Mehler, que es uno de los grandes fundadores de la neurociencia cognitiva, es argentino. Como tantos otros, tuvo que irse de la Argentina en un exilio político. Pero luego, para él, se volvió una suerte de exilio intelectual.
En Argentina la idea de que vos podés estudiar como pensamos, sentimos y nos desarrollamos desde una perspectiva científica fue muy atacada hasta hace no tantos años. La razón era suponer que la identidad es algo ajeno a las reglas que rigen la materia. Que cada uno es alguien distinto y que ningún aspecto de la personalidad es reductible a reglas materiales constitutivas.
Para hacer ciencia vos tenés que hacer una cantidad de simplificaciones que fueron tradicionalmente muy cuestionadas. Por ejemplo, tenés que asumir que pese a que cada persona es distinta y única, existen ciertos aspectos comunes que hace posible abordar preguntas en grupos de personas. Que estudiar cómo responde distinta gente a algo no es combinar peras y manzanas.
También tenés que asumir que el comportamiento humano tiene un origen biológico, constitutivo y no deviene de una suerte de fantasma mental.
A quien esbozaba este paradigma se lo atacaba virulentamente en la Argentina, acusándolo de positivista, reduccionista, simplista. De que estabas abordando algo muy complejo como la mente humana como si estuvieses trabajando con madera. Eso era una crítica en parte epistemológica, pero aún más ideológica. A alguien como Jaques se lo acusaba de reaccionario, no de hacer buena o mala ciencia. Ahora esto cambió muy de golpe. Pasa todo lo contrario y la neurociencia está que explota. Esta mezcla resulta rara. Por un lado cualquier pavada que decís del cerebro suena bien. Al mismo tiempo hay una falta de espacios genuinos para desarrollar esta investigación en lugares propios.
La razón principal es que la neurociencia es una ciencia nueva. Las tradicionales son física quimica matemática, ciencias social, políticas, derechos. Esa es la clasificación del siglo XVIII. Muchas de nuestras universidades siguen regidas por esta taxonomía. Y es difícil cambiar eso porque hay estructuras que van desde los departamentos hasta el ministerio de Educación, que determinan  cómo se clasifica el conocimiento en un programa de carreras. En Estados Unidos, hay más versatilidad para poder cambiar rápido lo que hace que los departamentos de neurociencia cognitiva, o de nanotecnología (que combina física, química ingeniería…) sean más comunes. Desde el ministerio de Ciencia hay mucha voluntad para que esto cambie, pero se requieren muchos cambios articulados entre distintos sectores de la sociedad.
-¿En qué trabajos o investigaciones se va a centrar?
Di Tella tiene una tradición en ciencias humanas. La ciencia que haremos no va a cambiar radicalmente de  lo que hacíamos en la UBA. Estudiamos problemas de la neurociencia humana que tiene que ver con la toma de decisiones, la percepción, la consciencia, las emociones, en gran medida con la neurociencia social, de cómo nos relacionamos, nos comunicamos.
El aprendizaje, en particular, por qué aprendemos algunas cosas y no otras. Esos son nuestros pilares. En Di Tella vamos a relacionar estas cosas con las ciencias humanas y sociales. Eso es nuevo para el país y para mí.
Por ejemplo, la toma de decisiones es pertinente para la economía. Para la economía es pertinente saber por qué alguien decide comprar o no, por qué ahorrar o gastar. La psicología humana dicta en gran medida estas decisiones que a su vez condicionan el consumo.
En Di Tella los problemas en toma de decisiones, naturalmente se va a dirigir a ese tipo de marcos. Otra intersección natural es en la neurociencia de las decisiones morales y el derecho. Por qué algunas cosas nos parecen bien o mal, otras nos emocionan, otros nos parecen feas y otras no las haríamos. Estudiamos cómo estas intuiciones que dictan en gran medida nuestros juicios en la vida cotidiana, muchas veces sin saberlo, terminan expresándose en un sistema formal de derecho, judicial.
O la educación: cómo aprender a leer, porque algunos tiene dislexia y cómo puede mejorarse al práctica educativa para que sea más inclusivas. Muchas de estas cosas las investigamos hace tiempo. En Di Tella, esperamos poder cuajar un camino para aplicar esta investigación en una dirección que tenga pertinencia más pertinencia al desarrollo de políticas educativas.
Ahora hay un boom de la neurociencia, principalmente gracias a Facundo Manes. ¿Qué opina de este fenómeno?
Es complicado responder esto genéricamente. Manes es un tipo al que yo le tengo admiración, respeto y cariño. Divulga desde un lugar a la vez muy sólido y con muchísimo conocimiento. Luego, hay de todo. Como cuando algo está muy de moda, tenés divulgación excelente, muy buena, buena, regular y mala.
Un problema más general es que la ciencia en general tuvo una relación esquizofrénica con la sociedad y los medios de comunicación. Por un lado estigmatizarla y marginalizarla, con el científico raro, despeinado, con guardapolvo, haciendo algo que nadie entiende y presumiblemente no sirve para nada, y al mismo tiempo endiosarla en una tapa de gran diario que dice “Científicos descubren la cura del cáncer”.
¿De quién es culpa eso? Es muy difícil culpar al tipo que dio la nota, que seguro no dijo eso. Hay un proceso de deformación en los diarios que tiene que ver con el deseo del editor para que la gente lo lea. Hay un teléfono descompuesto que hace que uno tenga un resultado genuino como encontrar una droga que cambia la expectativa de vida de 7 años a 7,8 años, que ya es mucho, a un titular que dice “Argentino resolvió el cáncer”.
Ese proceso de divulgación es más sensible cuando esta masificado, cuando llega a medios que tienen una imposición de contar noticias calientes y no reflexivas con sus matices. En 200 palabras no tenés lugar para decir “ojo que…”. La fórmula típica es decir “Argentino descubre vacuna para el cáncer” y al final una nota que es “pero advierten que todavía no está del todo probada” para decir “yo me cubrí”.
La neurociencia forma parte de este proceso genérico de distorsión mediática. Desde mi punto de vista es importante y sano que se divulgue la neurociencia. No veo nada malo, me parece mejor que esté eso en los medios que la gran mayoría de los mamarrachos que aparecen en televisión. Obviamente si vos tenés mucha demanda y no mucha oferta de gente que pueda divulgarla bien, aparece un poco de “chanterío”, de gente que se sube al caballo de algo. En resumen, a mí me parece muy bueno que haya divulgación, creo que mucha es buena, alguna es mala y alguna es oportunista aprovechando la moda pero no tiene que ver solo con el que comunica sino con toda la cadena editorial.
-Vayamos al tema de la financiación. ¿Las inversiones públicas tienen mejor prensa que las privadas?
Puede ser. Di Tella es una universidad privada pero sin fines de lucro. No es una empresa. Es como Harvard. A veces lo privado y lo público se confunden. El trabajo que hacemos los profesores aquí se parece mucho al que haríamos en una universidad pública. Todo mi trabajo resulta en conocimiento público. Además, mi laboratorio está mayoritariamente financiado por el Estado, además de organismos públicos y privados del extranjero.
Algunos aspectos de la investigación que nosotros hacemos en el laboratorio se desarrolla por otros grupos en ámbitos netamente privados. Por ejemplo, consultorías que usan herramientas de la neurociencia para asesorar a empresas en cómo hacer una publicidad o desarrollar estrategias de marketing. Nosotros no hacemos eso. No hacemos un uso lucrativo de la neurociencia.
Hacemos cosas aplicadas, como por ejemplo, un software educativo, financiado y apoyado logísticamente por la Fundación Sadosky, que se ha utilizado para mejorar el desarrollo educativo en escuelas públicas y es por supuesto de acceso libre y gratuito. En general definir lo privado y lo público es una arena complicada. En la Argentina también hay un poco de estigmatización con eso y yo nunca me llevé bien con las fronteras tradicionales que nos imponen. Una es la disciplinaria y otra es la estigamtización de lo público y lo privado. A mí me gusta poder mezclar estos nichos.
-Mencionó que se usa el estudio de la neurociencia para el marketing. ¿Hay ciertos patrones que se pueden estudiar para llevar a que la gente actué de tal manera? ¿Se sabe cuáles son?
Claro que sí, hay un montón. Eso lo sabe la gente en el mundo aplicado. Por ejemplo, cuando eligen a un candidato político lo “miden”. Esto significa que se fijan que tenga una cantidad de propiedades que tiene que tener para que funcione como candidato. Muchas deberían ser muy poco pertinentes, cómo qué cara tiene. Uno piensa que lo más importante deberían ser las ideas o que acciones toma, pero eso no es lo que la gente vota. En gran medida, como en tantas otras decisiones, se vota el producto, un envase. El tipo que es un curador político sabe eso y busca candidatos que funcionen de esa manera. Y no solo para los políticos. Una pasta de dientes o una película también. Por supuesto que hay gente que sabe un montón sobre los sesgos en como elegimos, como nos emocionamos, sin que sea necesario conocer nada de neurociencia.
Pero para lograr algo así, ¿hace falta consultar a alguien como usted?
Claro que no. Hay mucha impostura en eso. Para mí el que mejor entiende las emociones humanas es Hollywood. Mucho mejor que el laboratorio de emociones del MIT. Los tipos saben qué tienen que hacer para que a los 17 minutos vos te rías un poco, después te dé tensión y finalmente llores. Y logran que un 94% de la población en China, África, España y acá, sea sensible a un algoritmo que desarrollaron que les permite producir genéricamente en casi todo el mundo las emociones que quieran. A muchos científicos les encantaría poder entender con tal grado de precisión cómo funcionan las emociones.
 
¿A usted qué le genera saber que una persona en Hollywood es capaz manejar a la perfección este tema?
Me genera admiración. De hecho, trato de acercarme a ellos y trabajo con artistas, músicos, cocineros, magos, gente del cine. Yo pienso que uno se acerca al conocimiento a través de distintas ventanas; no soy un convencido de que la mía sea mucho mejor que la de otros. Tampoco peor. Mi camino tiene valor. Quiero y respeto a la ciencia. Yo convivo con la gente que, como en Hollywood, entiende de manera pragmática aspectos del pensamiento humano que a nosotros se nos escapa. No me da ni celos, ni bronca. Trato de pensar qué es lo que los tipos hacen para entender esto y utilizar lo que ellos descubrieron. Lo que pasa con muchos de estos emprendimientos privados es que vos descubrís algo que lo querías hacer por tu lado y eso no se esparce, no se propaga.. Nadie nunca sabe que vos hiciste eso. La ciencia tiene esa estrategia que la hace efectiva de diseminar sus resultados. Vos descubrís algo y se lo contás a los demás para que lo puedan usar. En los emprendimientos privados esto no pasa, entonces tratás de espiarlos y darte cuenta qué lograron y cómo para poder usarlo. Somos, a veces, hackers del conocimiento.
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Acerca de rferrar

Lic. en Psicología, psicoterapeuta, experta en psicología de Internet y Ciberpsicología. Interesada en el cambio de paradigma que la neurociencia plantea a los profesionales psi.-
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